El escenario político brasileño atraviesa uno de sus momentos más convulsos y polarizados de los últimos años. El grave escándalo institucional que envuelve de lleno al Supremo Tribunal Federal (STF) irrumpió en el centro de la campaña electoral, sacudiendo los cimientos de los dos principales candidatos.
Ahora los sondeos muestran un empate técnico tanto en la primera como en la segunda vuelta, producto de la polarización que está generando el tema en la población. Las más recientes mediciones del prestigioso instituto Datafolha reflejan un clima de extrema tensión y paridad. La ventaja que tenía el presidente Luiz Inácio Lula da Silva se vio drásticamente reducida.
En la primera vuelta, el mandatario tiene una intención de voto del 39% contra el 36% del senador derechista Jair Bolsonaro. En un virtual balotaje, que parece inevitable, las mediciones ubican a Lula con 46% y a su rival con 44%.
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Hay otras dos encuestas que muestran resultados también muy estrechos en segunda vuelta. Para la firma AtlasIntel/Bloomberg, Bolsonaro obtendría el 47,2% de los votos y Lula el 46,8%. Hace una semana, el senador derechista lideraba con un 46,4% frente a un 46,2% del presidente.
CNT/MDA refleja una tendencia más favorable a Lula. Según sus datos, en un balotaje el presidente le ganaría a Bolsonaro por más de siete puntos: 47,3% a 40%. Pese a ello, hay que tener en cuenta que la diferencia se achicó respecto al mes pasado. En agosto, el mandatario contaba con una ventaja de casi 9 puntos.
Lo más llamativo es que el informe de Datafolha refleja un escenario de extrema polarización también en el nivel de desapego ciudadana: tanto el presidente Lula como el senador Bolsonaro registran un empate técnico en el índice de rechazo del 47%, evidenciando que casi la mitad del electorado se niega rotundamente a sufragar por cualquiera de los dos principales candidatos de la contienda.
La crisis en el máximo tribunal no solo monopoliza el debate público. También afecta directamente la imagen de los candidatos en virtud de su postura respecto a los jueces involucrados. El escándalo, explican los analistas, salpica tanto al oficialismo como a la oposición.
El epicentro de la tormenta política gira en torno al magistrado Alexandre de Moraes, uno de los hombres más poderosos y controvertidos de la Corte Suprema y quien encabezó el juicio contra el expresidente Jair Bolsonaro.
El escándalo estalló tras revelarse informes de la Policía Federal que exponen intercambios de mensajes entre el juez y el exbanquero Daniel Vorcaro, detenido por estafa, destapando tráfico de influencias.
Este terremoto no solo puso bajo tela de juicio la imparcialidad del máximo tribunal, sino que desató un fuego cruzado donde la oposición intenta asociar el desgaste institucional al oficialismo.
Ante la magnitud de la crisis y el impacto en el clima social –marcado por tensiones financieras y duras disputas políticas–, el presidente Lula da Silva alzó la voz con dureza.
El mandatario calificó la pelea en el poder judicial como “un espectáculo de horror”. Con esta frase, buscó marcar distancia de las turbulencias institucionales que sacuden al tribunal, intentando blindar a su administración de un clima de desgobierno.
Más allá del terreno proselitista, este inédito choque de poderes comenzó a generar efectos colaterales en la economía brasileña.
Los analistas advierten que la profunda inestabilidad institucional y la incertidumbre sobre el desenlace electoral provocan una mayor volatilidad en el real y, particularmente, en la Bolsa de San Pablo, termómetro financiero.

















