“Dar espacio, en la información y en la educación, a la mirada y a la voz de las víctimas ayuda a tomar verdadera conciencia del abismo de maldad que encierra la guerra y, en general, toda forma de violencia; a no aceptar como normal la lógica del conflicto; a no apartar la mirada cuando se comete una afrenta contra la dignidad humana; y a devolver a las personas afectadas la dignidad de ser reconocidas y escuchadas” (217).
Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, aborda el gran desafío de este tiempo: el impacto de la inteligencia artificial en la vida humana, el trabajo, la educación, la política y la ecología.
Así como hace 135 años León XIII, en Rerum Novarum, no se propuso explicar el funcionamiento de las máquinas de la revolución industrial, sino reflexionar sobre sus consecuencias para la dignidad de los trabajadores, León XIV tampoco pretende describir el funcionamiento técnico de la IA.
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Su preocupación es discernir cómo estas nuevas tecnologías están transformando la vida humana y cuáles son sus implicancias éticas, sociales, culturales y espirituales. La encíclica invita a reconocer tanto las oportunidades como los riesgos que emergen en una época marcada por las transformaciones tecnológicas.
Dirigida a creyentes y a todos los seres humanos que desean un mundo mejor, la Encíclica es un don para la Doctrina Social de la Iglesia. Los dos primeros capítulos recorren el desarrollo histórico y recuperan sus grandes principios: el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social.
Los capítulos siguientes analizan la IA en relación con cuestiones decisivas como la gobernanza, la responsabilidad, la verdad, el trabajo, la educación, la dignidad humana y la paz.
Uno de los aportes más significativos es la crítica a la idea de una IA supuestamente objetiva o imparcial. El Papa afirma que la IA “no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza” (9).
Detrás de cada algoritmo existen decisiones humanas, intereses económicos, opciones políticas y sesgadas visiones del mundo. Por ello, la tecnología nunca puede ser considerada al margen de las responsabilidades éticas que acompañan su diseño y aplicación.
Especial atención recibe el mundo del trabajo. León XIV denuncia las formas invisibles de explotación que sostienen buena parte de la economía digital y recuerda que detrás de muchos sistemas automatizados existe una gran cantidad de trabajo humano frecuentemente precarizado: “hablar de solidaridad obliga a reconocer el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos” (109).
La encíclica también manifiesta una seria preocupación por las consecuencias ambientales de las nuevas tecnologías y por su utilización en contextos bélicos: “No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable” (198). El criterio último del desarrollo tecnológico sigue siendo la dignidad humana: “La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función” (114).
La encíclica culmina con el Magníficat de María. Frente a quienes presentan el desarrollo tecnológico como un proceso inevitable, el Papa recuerda que la historia sigue abierta a la acción de Dios y al compromiso humano.
Como María, que contempla la realidad desde el lugar de los humildes y proclama a un Dios que derriba a los poderosos y enaltece a los pequeños, la humanidad hoy está llamada a discernir los signos de los tiempos desde la perspectiva de quienes más sufren. Solo así el tiempo de la IA podrá convertirse en una oportunidad para construir una civilización del amor y una “magnífica humanidad”.
