SOCIEDAD

Primera fila de la cultura nacional

Primera fila de la cultura nacional



“Aquí todo sigue más bien frío y lluvioso”, remitía desde Viena en 1963 Julio Cortázar a su amigo poeta y pintor, Eduardo Jonquières, y anticipaba disgustado, “sabés lo que me revienta…pero voy a reunirme, quieren hacer una película con mi cuento “Circe” (loado sea el Cordero)”. El escritor asistiría al genovés Festival Sestri Levante, clave en la divulgación de los mejores cineastas latinoamericanos en Europa, al difundir aquellos que revolucionaron los ‘60 y proyectaron sus luces a las generaciones de cámaras despiertas. Entre esa avanzada heterodoxa despuntaba Manuel Antín, y que viajaba especialmente a encontrarse con el cuentista de Las armas secretas.

Antín, primero poeta, novelista y dramaturgo, luego cineasta, y quien empezaba con apenas una película, ayer ignorada, hoy hito del cine argentino, La cifra impar, primera adaptación cortazareana. Luego vendría Circe, con Graciela Borges, en 1964, y finalizaría el tándem creativo con Intimidad de los parques (1965). Ellas marcan el primer corte de un escribidor en celuloide que impondría el gesto del cine argentino, que en cada aparición de una nueva mirada aparenta ser primal, perpetuo naciente. El cine argentino, siempre nuevo, con la certeza Manuel en todos sus frentes de realizador, gestor, docente e ideólogo, de saber que la nefasta realidad en que no se proyecte la máquina de sueños y utopías que llamamos cine, en una sala oscuras, a mil o diez espectadores, “el mundo será peor cada día”.

“¿Qué tiene que decir del nuevo cine argentino? Y yo contesto que soy, a pesar de mis 76 años, parte de un nuevo cine argentino y de los numerosos nuevos cines argentinos que fueron surgiendo, década tras década, desde hace cuarenta años. Creo que ninguno de los que vinieron después cambió verdaderamente el cine argentino. Nosotros sí lo cambiamos”, enfatizaba Manuel Antín a mediados de los ‘90, en una de las entradas que proponen Mariángeles Fernández y Diego Sabanés. A través de la trayectoria del cineasta de Allá lejos y hace tiempo (1978), en Manuel Antín, escritor de imágenes. Cortázar, Borges, Marechal y la generación que cambió el cine argentino (Eudeba) los críticos brindan un panorama coral de la definitiva generación del 60, con estéticas tan disímiles en Rodolfo Kuhn, David Kohon, J. A. Martínez Suárez y Fernando Birri, y del ámbito intelectual donde se podían cruzar Antín con Cortázar, Jorge Luis Borges y Javier Portales. Con el signo y la búsqueda de una producción universal, y a la vez profundamente enraizada en las grietas argentinas, que había anticipado Leopoldo Torre Nilsson, una suerte de pater familias de estos iracundos jóvenes, las distintas fuentes recogidas, entrevistas propias, recortes y documentación inédita, expanden el ambiente que se imaginaba en agencias de publicidad y bares de la Manzana Loca de Florida, y se discutía y filmaba en las calles porteñas y parisinas.

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Recientemente homenajeado en el Bafici, el director fallecido en 2024, definido “escritor de imágenes” por los autores –albur que compartía con Torre Nilsson–, la cuenta de esta ajustada investigación comienza antes de los primeros planos con María Rosa Gallo y Lautaro Murúa en 1962, que darían cartas a sus películas en distintos festivales –otro punto en común con Torre Nilsson y verdadero primer rollo de la atención al cine argentino en el mundo-. Recuperando aquí los inicios en la novela, poesía y teatro, la dramaturgia de La desconocida en el bar, de 1955, bosqueja la génesis poética, sintaxis y preocupaciones de sus primeros films.

Fuera de los paradigmas del realismo, con interrupciones, saltos temporales y experimentación del lenguaje, en los cuales la literatura fantástica argentina tenía más correspondencias que el cine o el teatro local de aquel tiempo, la pieza teatral además incorporaba técnicas ligadas a la historieta, con sus corte y pegue abruptos. Justamente, en paralelo, Manuel Antín haría guiones en la editorial Abril para la mítica Misterix.

“En realidad, yo divido mis películas en dos etapas completamente distintas y contrapuestas. Hasta Castigo al traidor (1966) son películas literarias –sin público, en su gran mayoría– y hechas gracias al sostén del Estado, del Instituto del Cine. Pero, un día aparece un director amigo, Leopoldo Torre Nilsson, que hace Martín Fierro (1968), que es un poema argentino muy tradicional, y logra, por primera vez en su vida, millones de espectadores. Yo, iluminado por esa posibilidad, busqué una novela parecida y entonces encontré Don Segundo Sombra (1969). Desgraciadamente es una película muy literaria también, en donde respeté mucho el original, en donde los gauchos eran los únicos que subían al caballo; los actores no se subían porque no sabían andar a caballo, etcétera. Entonces, esa búsqueda de la fidelidad, al cine le hace mal”, admitía a la distancia, permanente autocrítico, Manuel Antín de la adaptación del clásico de Ricardo Güiraldes, que treinta años antes habían intentado Adolfo Bioy Casares y Borges, y que contó con la bendición de Victoria Ocampo. “No recuerdo una película argentina de más auténtico parecido y de mayor atmósfera de belleza al mismo tiempo”, rubricaría la directora de Sur en el diario La Prensa, luego del estreno del largometraje de Antín. Que además contó con el sobrino de Güiraldes, Adolfo, en el rol protagónico, y se quedó con el Cóndor de Plata a mejor película en 1970 y una gran taquilla.

Ese giro continuaría en la películas posteriores, buscando que “a partir del éxito, no repetir”, probando el traje visual de otros textos de Borges, Manuel Mujica Láinez y Leopoldo Marechal –en el anexo las escenas que pergeñó para Adán Buenosayres, y que algunas terminaron en su serie de televisión de los ‘60 Los argentinos, en el capítulo dedicado al autor de Antígona Vélez–, y que tendrían cierre en 1982 con La invitación. Cinta que transponía el thriller sicológico de la novela de Beatriz Guido de 1979, y que recuerda en pinceladas a la clásica La casa del ángel (1954) de la misma narradora, luego la gran película de Torre Nilsson. Siempre con el horizonte Antín, repetía el gran maestro de directores actuales tan lejanos como Albertina Carri, Damián Szifrón y Lisandro Alonso, de “ser distinto, esquivar las modas, no detenerte ante los obstáculos y realizar tus sueños”, citan Fernández y Sabanés.

Al fallecer Julio Cortázar en 1984, año que marcaría el final de la carrera cinematográfica de Antín con la renovadora dirección del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales y el germen de la influyente Universidad del Cine, Osvaldo Soriano remataba un artículo en la revista cubana Casa de las Américas, “Lo heredarán por generaciones millones y un país que nunca terminó de aceptarlo porque le debía demasiado”. La cultura argentina tanto debe también al cronopio Manuel.

Manuel Antín, escritor de imágenes. Cortázar, Borges, Marechal y la generación que cambió el cine argentino

Autores: Mariángeles Fernández y Diego Sabanés

Género: ensayo

Editorial: Eudeba, $ 36.000





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