Los formularios que los homosexuales debían llenar en el pasado eran bastante limitados. Uno podía pasarse la vida tratando de explicar quién era, qué quería, con quién deseaba vivir, y al llegar a una ventanilla descubrir que ninguna de las casillas disponibles en el papel contemplaba su caso. Había que encontrar una figura que sirviera, aunque describiera mal lo que pasaba, porque del otro lado del mostrador interesaba que los papeles estuvieran en orden. El inconveniente aparece muchos años después, cuando alguien escribe sobre aquellas personas y toma el arreglo administrativo como una descripción acabada de su vida.
Livio Bacchi sigue apareciendo en los textos sobre Juan Rodolfo Wilcock como su “hijo adoptivo”. La expresión pasa de una nota a otra con esa facilidad que tienen los datos cuando ya nadie considera necesario leerlos. Está en Wikipedia, pero también en artículos escritos por personas que presumiblemente leyeron a Wilcock y podrían detenerse un momento antes de convertir un parentesco legal en la explicación completa de una relación. La propia Enciclopedia Treccani registra la adopción en 1961. Hasta sabemos quienes oficiaron de testigos: Eugenio Guasta y Horacio Armani. El dato es cierto. Lo que resulta engañoso es dejarlo solo.
Livio era su amante, su compañero. Tal vez el amor de su vida. Es el protagonista idealizado de Italienisches Liederbuch, las 34 poesías de amor que Wilcock le dedicó (podría decir le inspiró) en 1973. Manuel Ignacio Moyano lo dice expresamente en un ensayo sobre Wilcock y Copi: “En Italia, Wilcock ahijó legalmente, también, a su amante y compañero, Livio Bacchi”. Es bueno recordarlo porque a fuerza de repetirse la versión del hijo, la otra parece una indiscreción.
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Bioy Casares, en los diarios y cartas recopilados en Wilcock, explicó el procedimiento con una claridad que sus lectores deberían aprovechar: “Como los hombres no pueden casarse, Johnny lo adoptó”. La frase se refiere a las condiciones de aquel tiempo. En la Italia de comienzos de los años 60, una pareja homosexual carecía de reconocimiento legal; las uniones civiles entre personas del mismo sexo recién se reconocieron en Italia en 2016. La adopción permitía proteger a la persona con la que se vivía y facilitar que recibiera una herencia. También podía ayudar a atravesar una sociedad mucho más dispuesta a aceptar ciertos parentescos que ciertos amores, sobre todo si la diferencia de edad era notable a simple vista.
Llamarlo “truco” tiene algo de simpático, aunque corre el riesgo de hacer parecer ingeniosa y hasta divertida una situación que en realidad era bastante penosa. La persona amada debía entrar en los papeles por una puerta lateral, provista de un parentesco que le permitiera franquearla. Décadas después, quienes escriben sobre Wilcock siguen describiendo la puerta, pero pasan por alto a dónde conducía.
Lo curioso es la obediencia retrospectiva. Nadie obliga hoy al autor de una nota al pie a conservar ese rodeo. La cautela de otra época encuentra colaboradores que a lo mejor se consideran muy alejados de sus prejuicios y que al escribir cumplen escrupulosamente con sus exigencias. Supongo que en muchos casos es pereza. Se consulta una enciclopedia, se lee, se extrae el dato, se lo incorpora. Wikipedia termina hablando a través de la boca de quienes firman, con la ventaja adicional de que el texto conserva la apariencia de una investigación seria. “Hijo adoptivo” suena preciso. Tiene respaldo documental. El redactor puede sentirse satisfecho porque no inventó nada, aunque haya transmitido una idea equivocada de lo que pretendía contar.
Preferiría que dejáramos de presentar a Livio Bacchi de esa manera. Se puede consignar que Wilcock lo adoptó y explicar enseguida que tipo de relación los unía. Me resulta bastante incómodo imaginar a alguien leyendo eso y creyendo que, entre todas las cosas que hizo Wilcock en Italia, estuvo también la de criar un hijo. Wilcock tenía una pareja, una casa, un perro, un gato, un porvenir incierto y una docena de libros en la biblioteca. No un hijo.

















