SOCIEDAD

Literatura íntima | Perfil

Literatura íntima | Perfil



Este libro quizás sea el homenaje perfecto a una de las críticas más agudas que tuvo nuestro país quien, desde la diáspora intelectual de los 60 y 70, se propuso leer “ese texto que es Buenos Aires” con la agudeza y la gracia que tanto admiraron autores fundamentales de la crítica hispanoamericana como Ana María Barrenechea o Enrique Pezzoni,

Con un trabajo riguroso de edición crítica, una de sus alumnas, la investigadora Adriana Amante, editó los textos que esta autora escribió sobre José Bianco, Manuel Puig, Victoria y Silvina Ocampo, Enrique Pezzoni, y Borges luego de su muerte. Una despedida a sus compañeros de ruta (muchos ellos, amigos entrañables), con una mirada capaz de capturar, en los gestos que los hicieron únicos, la cifra de una vida transformada en literatura.

Con el foco puesto en ese centro de irradiación de la alta cultura liberal que fue la revista Sur, recupera el impacto de la primera vez que se encontró allí con las figuras de un espacio que descubrió excéntrico y cosmopolita al que describió en las “notas de un closet a dos voces”. Un lugar que fue central en el campo literario argentino del que no se sintió heredera sino donde encontró afinidades literarias y amorosas a las que dio vida en cada una de estas despedidas.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Maestra del anecdotario, describe la vez que conoció a José Bianco, al que llamó “un espía irreverente” y al que, como a Oscar Wilde, consideró un texto en sí mismo, en la desmesura de un cruce de espadas con Victoria Ocampo que a ella la dejó aterrada. Como performer literario, nos cuenta, hacía de la conversación su arte poética y del sarcasmo y el chisme malintencionado, un entre-nos antiburgués y queer con una voz que afirma, fue la que le dio voz a su segunda novela, El común olvido.

Si de desmesura se trata, Manuel Puig (o “la Rita” como lo llamaba Pezzoni) la encarna en toda su dimensión en las escenas que lo tienen de protagonista. La misma que rescató de los radioteatros y de la doxa argentina con los que construyó una obra que tuvo que esperar bastante para ser considerada como tal en su propio país, que lo acusaba de una falta de artificio a la que Molloy considera pura literatura.

Gran narradora, con la capacidad de ver en la superficie de una escena la profundidad de una estética, sus semblanzas parten del impacto que sus homenajeados tuvieron en ella para convertirlos en protagonistas de una escena de una potencia visual notable. Como la que elige para despedir a Victoria Ocampo, vieja y sola, corriendo detrás de un hermoso adolescente en fuga, por las calles de París.

O con la que recuerda a un Enrique Pezzoni saliendo del baño privado de Victoria Ocampo envuelto en una nube de perfume, cuya muerte significó para Molloy el fin de una época, la de una fraternidad intelectual lúdica, jocosa, irónica, brillante, que las cartas exhiben en toda su dimensión.

Un diálogo disparatado con Silvina Ocampo le alcanzó para entender que estaba frente a un personaje fuera de lo común cuando, al llevarle su primera novela, En breve cárcel, su interlocutora entendió “En breve cáncer”, y cómo, en ese malentendido se cifraba la inquietante simplicidad que encontraba en sus cuentos.

Una conversación con Borges sobre literatura junto a una mesa con ropa interior femenina mientras esperan a la singular esposa del escritor (antes de la Kodama) es el disparador de un texto que sintetiza las claves de lectura de un autor que fue su genio tutelar y al que le agradece haberle enseñado a leer con irreverencia y extrañeza y a desconfiar de la cultura libresca.

Sesenta y ocho son las cartas incluidas que intercambió Molloy a lo largo de las décadas del 60 y 70 con Edgardo Cozarinsky, Ivonne Bordelois, Héctor Murena, Victoria Ocampo, Severo Sarduy, Enrique Pezzoni, Manuel Puig, Silvina Ocampo, José Bianco y Esmeralda Almonacid, que le dan marco a estos textos y que dan cuenta de la existencia de un campo intelectual que comenzó a disgregarse poco antes de la muerte de sus principales figuras, a finales de los ochenta, con el cierre de Sur y la muerte, en 1979, de su directora.

Editadas en forma cronológica, permiten comprobar la debacle científica que el gobierno de Onganía generó, la radicalización de la sociedad de la mano del aumento de la violencia, la represión generalizada, las eternas penurias del trabajo intelectual, mientras disfrutamos con las desopilantes anécdotas y los chismes sobre la vida sexual del grupo de amigos que no parecen reconocer límites entre vida y obra. O que practican el género epistolar con la misma convicción que cualquier otro género.

En este relato a varias voces, asistimos al crecimiento de su carrera académica y de su producción crítica, con una prosa que fluye entre el castellano, el francés y el inglés, a la cocina de sus ficciones, al día a día del trabajo editorial y la vida familiar, junto a anécdotas incrustadas en las cartas con escenas fellinescas protagonizadas por una Pizarnik al borde del delirio, un intento de cena preparada por Silvina Ocampo, de antología, el lamento desesperado de Puig por un desengaño amoroso, la maledicencia de todos (“no soy viperina, soy objetiva”, afirma ella mientras destroza a la mujer de Borges), los epítetos venenosos de Pezzoni que no perdonaba a nadie y sus ruegos desesperados por una beca que le permitiera escapar del caos de la Argentina, las internas en la redacción de Sur, y sobre todo, la admiración que el trabajo de Molloy iba despertando en cada uno sus interlocutores.

Como Susan Sontag, tenía un radar para captar lo nuevo, las marcas de lo contemporáneo, junto con una formación rigurosa y una gran erudición con las que construyó, a la manera de Borges, una máquina de “leer expansiva, digresiva, perversamente.”

Entrevista a Adriana Amante

M.E.V.

—Fuiste alumna de Silvia Molloy. ¿Qué aprendiste con ella?

—En el año 96, fuimos con David Oubiña, mi pareja, a estudiar con ella en New York University donde en ese momento estaba dando un curso sobre literatura latinoamericana y género y la verdad que fue maravilloso porque fue verla en acción, pensando textos fundamentales de la literatura latinoamericana. Lo que aprendí, sobre todo, fue la sutileza que tenía al abordar un texto desde el punto de vista de las cuestiones de género, sin encajarle al texto lo que el texto no demandaba, pero descubriendo allí lo que insospechadamente traía. Y esa finura que tenía para leer, cierta mordacidad o inteligente malicia.

—Esta edición póstuma de sus textos ¿también puede ser leída como un homenaje a su vida y su obra?

—Sí, me gusta que lo pienses así. Es un acto de amor, eso seguro, de amor lector y de amor de amiga y de discípula. Fue pensarme como la lectora testigo de los efectos que la literatura de Molloy podía producir, de los efectos que provocan los textos, las frases, la modulación de su escritura. Y esos textos para mí tenían un núcleo común, que se origina en una anécdota que la involucraba de manera personal a ella, pero que tenía la maestría absoluta de ir corriéndose hacia una tercera que podía explicar desde ahí todo el sistema literario de esa persona. Y además, la capacidad que tenía para desplegar una escena de la nada.

Entonces, en esos textos que titula Amigos, claramente había una relación de pares, salvo con Borges, que tiene una colocación diferente. Yo creo que ese es un poco el aleph de la literatura de Molloy, de la crítica de Molloy, me parece que es un texto en el que ella empieza como traductora, continúa como narradora, sigue como crítica y vuelve a levantar una cuestión muy personal.

—¿En qué momento decidiste incluir las cartas?

—El primer acercamiento al archivo lo hice en diciembre del 2022, de cosas que estaban en el departamento donde vivía con Emily, su compañera. A partir de ahí comenzó un trabajo exhaustivo, de empezar a hacer el inventario. Y una noche cuando me estoy yendo, abro una caja, y encuentro cartas. Las abro y eran cartas de Silvina Ocampo, de Victoria Ocampo, de Pezzoni, de Cozarinsky. Entonces al otro día fui muy temprano a ordenarlas, fechar, inventariar, leerlas y me di cuenta que eran muy importantes para sus lectores, que había que compartirlas. Entonces compilé todas las que encontré, y en 2024 me fui a Princeton para ver en los archivos de escritores latinoamericanos que habían sido amigos de Molloy, qué rastros de Molloy pudiera haber, básicamente en el archivo de Pizarnik, Cozarinsky, Bianco, Silvina y Victoria.

Y entonces, en esa sucesión cronológica, se puede ver cómo se va desplegando una narración donde vemos a Molloy sufriendo, eligiendo, descubriendo Nueva York y a la vez vas viendo la novela de sus amigos también y a mí lo que más me fascinaba era que de algún modo esos textos son como la novela sentimental de Molly, su novela de formación, cómo hay un espíritu de solidaridad, se pasan trabajos, y entre los descubrimientos de esas cartas, está la revelación de cuando Pezzoni le agradece la traducción de varias páginas de Moby Dick. Lo que se ve en esas cartas, de algún modo es una historia de la literatura, de la crítica, de la edición argentina y del campo intelectual latinoamericano.

—¿Por qué llegan sólo hasta el año 79?

—Como Sur es un poco el eje del grupo de amigos, entonces me parecía que era apropiado llegar hasta la muerte de Victoria. Pero además, descubro en ese reguero de cartas el momento donde empieza a recuperar a ese Borges que ya estaba en el final de su tesis y de ahí sale ese trabajo fundamental para la crítica que es Las letras de Borges. Lo otro que se empieza a ver es el origen de En breve cárcel, cuando ella dice, estoy escribiendo algo que no sé muy bien dónde va a dar y me parecía que todo eso generaba una unidad de sentido.

—Las extensas notas al pie reponen mucha información sobre la vida y la obra de toda la constelación de amigos y de otros también. ¿Esto fue pensado así desde el comienzo?

—Como yo conozco mi grado de exhaustividad y obsesión, corro el riesgo de agregar muchas cosas y como originalmente este era y es un libro de Molloy en el que yo tenía que hacer una compilación, definir, establecer y fijar la edición de Amigos como ella lo habría fijado, agregarle las cartas me pareció que era una buena idea, entonces Leonora Djament, que es la editora de Silvia histórica, me propuso hacer notas a las cartas. Y yo dije, si anoto, anoto todo lo que creo que hay que anotar y desaté ahí lo que naturalmente hago con el siglo XIX, con Sarmiento, el tipo de trabajo de archivo que hago con los epistolarios. Yo siempre hago el elogio de la nota al pie, las buenas notas al pie, las que son como mini ensayos, intuiciones fundamentadas, breves iluminaciones, y entonces acá desplegué un poco eso.

—En las cartas aparecen los bastones largos, el mayo francés, la muerte de Perón, pero sorpresivamente, el golpe de estado no está referido. ¿Esto es una marca ideológica?

—No, para nada, es que no encontré cartas del año 76. Incluso, yo acompañé los últimos treinta años de Silvia, fui su amiga y vi cómo, de haber sido una escritora gorila, fue adquiriendo una conciencia social, política hasta, te diría, filoperonista y cómo fue abandonando ese gesto aristocrático que tenía muy propio de Sur. Y su archivo personal me permitió ver algunas de sus preocupaciones, por ejemplo, sobre los desaparecidos, entre los recortes. Es interesante ver cómo las cartas exponen ese desembozado gorilismo que el grupo tenía pero también me resultó fascinante ver la progresión de Silvia en términos sociales y políticos.

—Ella mantiene una prudente distancia crítica respecto de Borges pero también respecto de la grieta profunda que en los años 60 dividió el campo intelectual latinoamericano: por un lado la CIA financiando publicaciones y por el otro, la adhesión a la revolución cubana. ¿Esto podría ser el signo de una autonomía intelectual?

—En todos ellos hay posiciones bastante contradictorias y me parece que no siempre es fácil desentrañar eso. Pero en relación con Borges creo que, quizás por venir de Sur, Silvia nunca tuvo el conflicto de perderse a Borges porque fuera conservador en política, como sí gran parte de la izquierda que tuvo que trabajar para reincorporar a Borges porque entendieron que se estaban perdiendo algo literariamente de avanzada.

Recuerdo de Enrique

Muchos, aun quienes apenas lo conocían, recuerdan la primera vez que lo vieron…. La presencia física de Enrique Pezzoni, su voz, sus elocuentes gestos, su risa eran manifestaciones tan fuertes y tan brillantes como las de su aguda inteligencia. Eran, acaso, la misma cosa: de él, como de Brummell, también podía decirse “el cuerpo piensa”. Yo recuerdo una tarde calurosa del mes de enero, hará casi treinta años, y el comienzo de la que sería una larguísima y fraterna amistad. En un departamento de la calle Tucumán que fue, por corto tiempo, local de Sur, aprovechando la generosidad de su jefa de redacción María Luis Bastos y la ausencia de su directora que me inspiraba terror, revisaba yo unos números viejos de la revista cuando entró (irrumpió sería el término adecuado) Enrique Pezzoni. Habló con Bastos, me saludó con amable indiferencia, y pasó al baño. Emergió traspasado por la muy privada colonia de la ausente Victoria Ocampo: divertido ante la previsible amonestación de Bastos y encantado con su travesura, me guiñó el ojo y desapareció dejando una estela de “Heno recién cortado” de Floris y un chisporroteo de irreverencias. Fue como una ráfaga de festiva disrupción, un deslumbramiento.”

Carta de Cozarinsky a Molloy

Buenos Aires, 25 de abril, 1968

Ma chère,

…. Hace tiempo que no veo a Alejandra [Pizarnik], desde una noche en que nos invitó a visitar su nuevo departamento a Enrique [Pezzoni] y a mí… (hold tight) a comer… La experiencia pertenece al género clínico; si no al Southern Gothic. Sentados sobre cómodos almohadones, fuimos agraciados con tenedores y unas hojas de papel de duplicado a modo de servilletas. Luego trajo, Alejandra, con mucho orgullo, una especie de bol de plástico donde yacían casi treinta ñoquis de espinaca, moderadamente protegidos con manteca. Parece que como no tenía queso rallado our resourceful friend había duplicado la cantidad de sal con la idea no sé si peregrina pero decididamente peligrosa de que ese condimento equivalía al otro. But the plum in this peculiar pudding eran los ñoquis themselves, que por un milagro de cocción habían alcanzado esa incomparable textura de la plastilina tibia, tan agradable al tacto si no al paladar. En mitad del ágape, mientras estirábamos tenedores meditabundos hacia el recipiente central, Enrique tuvo un ataque de histeria y fue imposible calmarlo; doblado en el piso, se reía y perdía el aliento y tosía y era necesario echarle gotitas de agua para que no se convirtiera en un enrojecido guiñapo. Alejandra quedó más bien confusa porque nadie le explicó cuál había sido el motivo de ese fit of joy, pero como todos apreciamos el postre con gran alivio (tres bloquecitos Suchard) quedó convencida de que no tenía que ver con sus primores de hostess.”





Source link

Relacionadas