Por estos días, millones de niños y adolescentes utilizan herramientas de inteligencia artificial para hacer tareas escolares, resolver dudas, traducir textos, buscar información o simplemente conversar. Para muchos de ellos, interactuar con una IA resulta tan natural como para generaciones anteriores fue usar internet o tener un teléfono celular.
La discusión sobre si estas tecnologías son buenas o malas parece haber quedado atrás. La inteligencia artificial ya forma parte de la vida cotidiana y todo indica que su presencia será cada vez mayor. La verdadera pregunta es cómo aprender a convivir con ella.
Especialistas en educación coinciden en que se trata de un cambio cultural profundo. Por primera vez, las nuevas generaciones tienen acceso a sistemas capaces de producir respuestas elaboradas, adaptar explicaciones según las necesidades de cada usuario e incluso simular conversaciones humanas. Esta transformación abre oportunidades valiosas para el aprendizaje, pero también plantea interrogantes sobre el desarrollo del pensamiento crítico, la privacidad y los modos de construir conocimiento.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
En ese escenario emerge una certeza: ninguna tecnología puede reemplazar la función de los adultos.
El rol insustituible de los adultos
Cada avance tecnológico suele despertar expectativas y temores. Ocurrió con la televisión, con internet y con las redes sociales. La inteligencia artificial no es la excepción. Sin embargo, el verdadero desafío no parece estar en la herramienta sino en la manera en que niños y adolescentes aprenden a utilizarla.
Durante años, gran parte de las recomendaciones dirigidas a las familias estuvieron centradas en el control: limitar horarios, bloquear contenidos o restringir accesos. Aunque estas medidas pueden ser necesarias en determinadas situaciones, hoy muchos especialistas sostienen que resultan insuficientes.
La educación digital requiere algo más complejo: presencia, diálogo y acompañamiento.
Los niños necesitan adultos que los ayuden a comprender que no toda respuesta generada por una inteligencia artificial es necesariamente correcta. Que los algoritmos también pueden equivocarse. Que detrás de cada plataforma existen empresas, intereses económicos y decisiones humanas. Y que la información siempre debe contrastarse con otras fuentes.
La tarea educativa ya no consiste solamente en enseñar contenidos. También implica desarrollar criterios. En una época caracterizada por la sobreabundancia de información, quizás una de las habilidades más importantes sea aprender a distinguir qué es confiable, qué merece ser cuestionado y qué necesita verificarse.
Del mismo modo que acompañamos a los hijos cuando aprenden a cruzar una calle, a manejar dinero o a relacionarse con otras personas, hoy resulta necesario acompañarlos en la construcción de una ciudadanía digital responsable. No para generar miedo, sino para fortalecer capacidades.
La inteligencia artificial puede resolver una operación matemática, resumir un texto o sugerir ideas para un trabajo escolar. Lo que no puede hacer es transmitir valores, ofrecer contención emocional genuina, ayudar a elaborar una frustración o enseñar empatía a través de la experiencia compartida.
Tampoco puede reemplazar una mirada de afecto, una conversación significativa antes de dormir, una explicación paciente o el aprendizaje que surge de compartir tiempo con otros. Las experiencias humanas continúan siendo el terreno donde se construyen la identidad, la autoestima y el sentido de pertenencia.
Es allí donde el rol de padres, madres, docentes y cuidadores continúa siendo irremplazable.
Porque la educación no ocurre únicamente cuando se transmite información. Ocurre, sobre todo, cuando un adulto ayuda a un niño a interpretar el mundo.
Más preguntas que respuestas
Uno de los riesgos de toda innovación tecnológica es caer en posiciones extremas. Para algunos, la inteligencia artificial representa una amenaza capaz de deteriorar los procesos de aprendizaje. Para otros, constituye una solución casi mágica para los problemas educativos.
Probablemente ninguna de esas miradas alcance para comprender un fenómeno mucho más complejo.
La historia demuestra que las tecnologías modifican prácticas, hábitos y formas de comunicación, pero sus efectos dependen en gran medida de los contextos sociales y culturales en los que se desarrollan. La inteligencia artificial no determinará por sí sola el futuro de las infancias. Serán las decisiones colectivas las que definirán cómo se integra a la vida cotidiana.
¿Qué lugar ocupará en las escuelas? ¿Cómo se protegerán los datos personales de niños y adolescentes? ¿Qué competencias deberán enseñar los sistemas educativos? ¿Cómo evitar que las brechas tecnológicas profundicen desigualdades ya existentes?
Son preguntas abiertas que todavía no tienen respuestas definitivas.
Una conversación que recién comienza
Quizás el aspecto más novedoso de este fenómeno sea que los adultos también están aprendiendo. A diferencia de otros momentos históricos, donde las generaciones mayores transmitían conocimientos consolidados a las más jóvenes, hoy familias, docentes y especialistas avanzan en un terreno en constante transformación.
Esa incertidumbre puede resultar incómoda, pero también representa una oportunidad.
La inteligencia artificial obliga a recuperar conversaciones fundamentales sobre qué significa aprender, cómo construimos conocimiento, qué valor tiene el esfuerzo intelectual y cuáles son las habilidades humanas que seguirán siendo esenciales en un mundo cada vez más automatizado.
Tal vez la discusión de fondo no sea tecnológica sino profundamente humana.
En tiempos donde una máquina puede ofrecer respuestas instantáneas, cobran mayor relevancia capacidades como la creatividad, la sensibilidad, la reflexión ética, la empatía y el pensamiento crítico. Todas ellas se desarrollan en los vínculos, en la experiencia compartida y en la interacción con otros.
Lejos de reemplazar a las personas, la expansión de la inteligencia artificial nos invita a preguntarnos qué aspectos de la experiencia humana siguen siendo insustituibles. Y la respuesta parece encontrarse menos en los dispositivos y más en los encuentros.
Las infancias necesitan tecnología, pero también necesitan juego, conversación, escucha, límites, afecto y comunidad. Necesitan adultos disponibles para acompañarlas en un escenario nuevo, lleno de posibilidades y también de desafíos.
La primera generación criada junto a la inteligencia artificial ya está creciendo. Frente a ese escenario, el desafío no consiste en competir con la tecnología ni en prohibirla. Consiste en construir las herramientas culturales, educativas y afectivas que permitan utilizarla de manera consciente.
Porque la conversación sobre el futuro de las infancias y la inteligencia artificial recién comienza. Y, como ocurre con toda conversación importante, necesita tiempo, escucha y participación de toda la sociedad.
Para seguir pensando
- ¿Sabemos qué herramientas de inteligencia artificial utilizan nuestros hijos?
- ¿Conversamos con ellos sobre cómo verificar la información que reciben?
- ¿Les enseñamos que una respuesta rápida no siempre es una respuesta correcta?
- ¿Promovemos espacios de creatividad, juego y reflexión más allá de las pantallas?
- ¿Estamos preparados para aprender junto a ellos en un mundo que cambia cada día?
Quizás la mejor manera de acompañar a esta nueva generación no sea tener todas las respuestas. Tal vez alcance con algo más valioso: estar presentes para hacernos las preguntas correctas.
Andrea Maccione
+54 9 2944684575
[email protected]
LinkedIn: www.linkedin.com/in/andrea-maccione
Instagram: @andreamaccione.psico
