Hay una idea que atraviesa la historia de casi todos los gobiernos: creer que una buena economía puede compensar cualquier problema político. Seguramente es una ilusión comprensible ya que siempre en la Argentina así sucedió. Cuando se logran metas la estabilidad económica depende de la confianza, la certidumbre jurídica y la predictibilidad, elementos que malas decisiones políticas pueden pulverizar en poco tiempo.
La política le gana y desestabiliza a una buena economía a través de varios mecanismos: baja inflación, achicar gastos, menor inflación, mejor balanza comercial, mayor ingreso de dólares por energía y minería.
Ahí aparecen inversiones, mejoran las reservas y la actividad económica da señales positivas, pareciera que todo lo demás pasa a un segundo plano. Pero la experiencia demuestra que la relación entre economía y política nunca es tan simple. De hecho, muchas veces ocurre exactamente lo contrario: la política termina destruyendo en pocos meses lo que la economía tardó años en construir.
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La economía necesita confianza, previsibilidad y reglas estables. No funciona solamente con números. Funciona porque millones de personas, empresas e inversores creen que mañana las condiciones serán razonablemente parecidas a las de hoy. Cuando esa confianza desaparece, los indicadores económicos dejan de ser suficientes. Y es ahí donde la política muestra su enorme capacidad para desestabilizar incluso los procesos más exitosos.
Javier Milei ha construido esta estrategia sobre su lógica: si la economía mejora, el resto de los problemas perderán importancia. La inflación baja, las reservas se recuperan, Vaca Muerta empieza a consolidarse como una fuente genuina de divisas, la minería promete inversiones y el equilibrio fiscal aparece como un activo que ningún gobierno reciente había logrado exhibir. Son datos reales y sería intelectualmente deshonesto negarlos.
No se trata de saber si la economía está mejor que hace un año. Se trata de saber si la política puede evitar convertirse en el principal problema del propio gobierno.
Venezuela tenía petróleo, dólares y recursos naturales ilimitados. No fue una crisis económica la que destruyó al país. Fueron decisiones políticas.
Expropiaciones, controles de precios, destrucción institucional y concentración del poder. Argentina también fue una de las economías más prósperas del planeta a principios del siglo XX.
Tampoco fue una crisis económica la que la sacó de ese lugar. Fueron décadas de inestabilidad política, enfrentamientos permanentes, gobiernos débiles y decisiones subordinadas a la supervivencia del poder. Zimbabue pasó de ser el granero de África a protagonizar una de las hiperinflaciones más brutales de la historia por razones similares.
Es simple: ninguna economía es más fuerte que las instituciones que la sostienen.
Hoy el Gobierno de Milei parece convencido de que la economía corre más rápido que los escándalos. Mientras los números acompañen, los problemas de gestión, las internas, los errores de comunicación y las denuncias de corrupción quedarían relegados a un segundo plano.
Y probablemente tenga razón en parte. La economía suele otorgar márgenes políticos importantes. Los ciudadanos toleran muchas cosas cuando perciben que su situación mejora. Pero ese margen no es infinito.
La corrupción afecta algo que ningún indicador económico puede reconstruir fácilmente: la confianza. Un inversor puede convivir con tensiones políticas. Lo que difícilmente tolere es la percepción de arbitrariedad, impunidad o falta de transparencia.
Lo mismo ocurre con una parte importante de la sociedad. La gente puede perdonar errores. Lo que rara vez perdona es sentirse engañada.
Por eso el problema del oficialismo ya no parece ser económico. Es político.
Hoy la Argentina juega a favor de Milei. La oposición prácticamente no existe como alternativa de poder. Está fragmentada, sin liderazgo, sin narrativa y sin un programa económico capaz de ofrecer una opción superadora. Esa debilidad le deja al Gobierno una cancha sorprendentemente despejada. Pero esa ventaja tiene una contracara.
El problema del oficialismo ya no parece ser económico. Es político»
Cuando no existe una oposición fuerte, los conflictos empiezan a aparecer dentro del propio oficialismo. Y eso es precisamente lo que comienza a observarse. El Gobierno parece sentirse más cómodo en la confrontación que en el acuerdo. El diálogo y el consenso suelen ser vistos como una concesión, mientras que la pelea permanente se ha convertido en una herramienta de construcción política.
Cuando se vive buscando enemigos, tarde o temprano los enemigos empiezan a aparecer dentro de la propia casa.
Primero fueron la casta, los sindicatos, los periodistas, los gobernadores, el Congreso y los empresarios. Después aparecieron los aliados ¨prestados¨. Más tarde los socios circunstanciales. Y ahora comienzan a surgir sospechas incluso sobre dirigentes, funcionarios y referentes que acompañaron al Presidente de manera incondicional desde el primer día: caso $LIBRA (criptomoneda); escándalo de la ANDIS de Diego Spagnuolo (Discapacidad); créditos a funcionarios del Banco Nación (caso Manuel Adorni).
El desgaste del Gobierno no proviene de una causa específica sino de una contradicción política. Milei llegó prometiendo terminar con «la casta» y cualquier conducta que parezca privilegio. La historia de los liderazgos personalistas suele repetir el mismo patrón.
Cuando el poder se concentra y la lógica dominante es la pureza antes que la construcción política, las diferencias dejan de ser ideológicas y comienzan a transformarse en disputas por espacios de influencia y poder real.
Dicho en términos más simples: ¨muchos empiezan a pelear por un pedazo de queso¨, esa suele ser una señal de alerta.
Los gobiernos rara vez se desgastan únicamente por la presión de sus adversarios. Muchas veces comienzan a deteriorarse cuando dejan de administrar diferencias y empiezan a administrar desconfianzas.
El otro fenómeno que muchos gobiernos suelen interpretar mal es la opinión pública hoy no está decidiendo… Está observando.
Vivimos una etapa donde la sociedad parece haber entrado en un proceso de evaluación silenciosa. Mira, escucha, compara y acumula información. No reacciona inmediatamente frente a cada conflicto ni modifica su posición por cada noticia. La gente observa. Procesa. Espera. Y eso suele generar una ilusión peligrosa para quienes gobiernan: creer que el silencio equivale a apoyo.
Muchas veces el silencio es simplemente tiempo de análisis. Mientras la sociedad observa, concede margen, tolera contradicciones, relativiza errores y espera resultados. Hasta que llega el momento en que deja de observar y empieza a concluir. Y ahí ocurre el verdadero cambio político. Ya no busca entender qué está pasando. Empieza a decidir qué piensa sobre lo que pasó.
Es un proceso silencioso, pero profundamente transformador.
La economía puede ayudar a ganar elecciones. Puede amortiguar crisis, reducir tensiones y otorgar tiempo. Lo que no puede hacer es reemplazar a la política. Porque cuando la política se desordena, cuando el poder se encierra sobre sí mismo y cuando la confianza empieza a deteriorarse, termina arrastrando incluso a las mejores variables económicas.
