Irán finalmente dio un paso que muchos esperaban para bajar la temperatura en la región. El presidente Masud Pezeshkian ordenó empezar las conversaciones con Estados Unidos sobre su programa nuclear, justo después de que Donald Trump advirtiera que, si no se ponían de acuerdo, se venían «cosas malas». Este cambio de postura llega en un momento de mucha presión, con barcos de guerra estadounidenses vigilando de cerca y una economía iraní que ya no aguanta más castigos.
Todo indica que el encuentro será en Turquía el 6 de febrero. Sin embargo, concretar semejante evento no fue tan fácil. Egipto, Catar y Omán tuvieron que trabajar mucho como mediadores para que las dos partes aceptaran sentarse a la mesa. Los protagonistas serían el enviado de Trump, Steve Witkoff, y el canciller iraní, Abás Araqchi. Para Irán, la prioridad es que se levanten las sanciones económicas, mientras que para Washington la idea es que Teherán se olvide para siempre de fabricar armas atómicas.
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Aunque Trump dijo que le encantaría encontrar una solución, también dejó claro que no tiene mucha paciencia. Irán trató de mostrarse firme y reforzar que «no aceptan órdenes de nadie», pero la realidad es que el Gobierno está entre la espada y la pared. El diálogo aparece ahora como la única salida para evitar que la situación pase a mayores, especialmente después de que las autoridades iraníes tuvieran que enfrentar protestas muy fuertes dentro de su propio país por el alto costo de vida.
De hecho, el punto de mayor inflexión sigue siendo el uranio. Estados Unidos quiere que Irán deje de procesarlo por completo, pero la contraparte afirma que tienen derecho a usarlo para energía y medicina. Araqchi fue bastante directo: están de acuerdo en no fabricar bombas pero, a cambio, quieren que dejen de asfixiar su economía. Se trata, sin más, de un tira y afloje donde nadie quiere ceder terreno, pero el miedo a un enfrentamiento armado está haciendo que ambos actores se vuelvan un poco más flexibles en la previa del viaje a Turquía.
Mientras tanto, en las calles de Teherán se respira desconfianza. Para muchos ciudadanos, las peleas de sus líderes son agotadoras y lo único que quieren es que mejore su calidad de vida. El Gobierno enfrenta un clima social muy pesado después de las últimas manifestaciones, donde hubo miles de detenidos y muertos por la represión. Este contexto interno es el que terminó de convencer a las autoridades iraníes de que, esta vez, sentarse a negociar con Trump no es una opción, sino una necesidad para sobrevivir.
El Líder Supremo de Irán está atrapado
La sombra de una guerra y la crisis que no para
El líder máximo de Irán, Alí Jamenei, avisó que si Estados Unidos ataca, las tensiones en la región se multiplicarán y serán cada vez más difíciles de controlar. Esto tomó por sorpresa y alertó a ciertos vecinos del territorio, como Jordania, que ya avisó que no va a prestar su cielo para que nadie “pase a tirar bombas”. La realidad es que ninguna de las partes quiere quedar en el medio de una guerra que podría ser desastrosa. El contexto tampoco ayuda, ya que la relación con Europa está en su peor momento: varios países comenzaron a ponerle más sanciones a los altos mandos iraníes tras declarar a los Guardia Revolucionaria como grupo terrorista.
Por otro lado, la situación dentro de Irán sigue siendo muy tensa. Organizaciones de derechos humanos dicen que la represión de las últimas protestas fue brutal, con miles de personas presas y más de 6.000 víctimas, mientras que los datos oficiales confirman unas 3.000. Por su lado, el Gobierno dice que la culpa es de agentes extranjeros, pero el pulso lo marcan otras cuestiones mucho más básicas: la falta de dinero y comida. En los últimos días, incluso detuvieron a ciudadanos extranjeros acusándolos de armar revuelo en las calles para desestabilizar al Gobierno.
En este clima tan cargado, la reunión en Turquía aparece como una última oportunidad para “frenar la pelota”. Trump combina las amenazas con la oferta de un gran pacto, y los iraníes saben que el tiempo se les acaba. La próxima semana será fundamental para ver si realmente existe la voluntad de arreglar el problema o si el conflicto se encamina hacia un lugar mucho más peligroso del que ya se conoce. Por estos motivos, la realidad es mucho más aterradora de lo que se presume: un error de cálculo en la mesa de negociación podría cambiar el mapa de Medio Oriente para siempre.
TC/ML
