Buenos Aires, 28 septiembre (NA) – Ian McEwan sitúa Lo que podemos saber, su nueva novela, en un futuro devastado para lanzar una pregunta hacia el presente: cuánto puede reconstruirse de una vida, una obra o una época a partir de los rastros que sobreviven. Con una trama que combina ficción especulativa, pesquisa literaria y mecanismos propios del thriller, el autor de Expiación convierte la búsqueda de un poema perdido en una exploración sobre la memoria, la verdad y los límites del conocimiento.
La historia transcurre en 2119, después de que guerras, catástrofes climáticas y una gran inundación transformaran el planeta. Londres, París y Nueva York quedaron bajo el agua, Gran Bretaña se redujo a un archipiélago y Nigeria ocupa una posición central en el nuevo orden mundial. La humanidad conserva parte de la información digital del siglo XXI, aunque perdió buena parte de la capacidad tecnológica y material que caracterizó a aquella civilización.
En ese escenario vive Thomas Metcalfe, profesor e investigador de literatura obsesionado con Francis Blundy, un célebre poeta de comienzos del siglo XXI. Su interés se concentra en Una corona para Vivien, una composición escrita para el cumpleaños número 50 de la esposa del autor y leída una única vez durante una cena celebrada en 2014. El manuscrito desapareció y, con el paso de las décadas, la obra ausente adquirió una dimensión casi mítica.
Metcalfe intenta reconstruir aquella velada mediante archivos, diarios, mensajes y testimonios. La pesquisa permite que McEwan despliegue uno de los núcleos más fértiles de la novela: la distancia entre los documentos que deja una persona y aquello que realmente fue. Cada dato parece acercar al investigador a la verdad y, al mismo tiempo, abre nuevas zonas de incertidumbre. La acumulación de información no garantiza el conocimiento y hasta una época saturada de registros digitales puede volverse indescifrable para quienes intenten comprenderla un siglo después.
El dispositivo convierte al lector en compañero de investigación de Metcalfe. El poema perdido funciona como motor narrativo y como objeto alrededor del cual se acumulan interpretaciones, conjeturas, secretos familiares e hipótesis académicas. McEwan construye así una suerte de thriller literario en el que el misterio no reside solamente en descubrir qué ocurrió con un manuscrito, sino en establecer hasta dónde es posible conocer la intimidad de quienes ya no pueden contar su propia historia.
La mirada desde el siglo XXII le permite además observar nuestro presente como si ya fuera un período remoto. Los habitantes del futuro estudian las primeras décadas del XXI con una mezcla de fascinación y reproche: encuentran una sociedad consciente de la amenaza climática y, a la vez, incapaz de modificar a tiempo su rumbo. Metcalfe, por su parte, contempla aquella época perdida con una nostalgia que introduce otra pregunta incómoda: aquello que hoy parece cotidiano podría adquirir un valor extraordinario cuando deje de existir.
La inteligencia artificial ocupa un lugar significativo dentro de ese mundo. McEwan imagina una tecnología que sobrevivió a las grandes crisis, pasó a funcionar como servicio público y conserva enormes cantidades de información, aunque nunca consiguió reproducir la complejidad de la mente humana. Esa presencia refuerza la cuestión central del libro: almacenar datos y establecer relaciones entre ellos no equivale necesariamente a comprender una experiencia humana.
La novela también coloca bajo examen el lugar de las Humanidades en una sociedad que privilegia otros saberes. La obstinación de Metcalfe por encontrar un poema perdido puede parecer excéntrica dentro de un mundo que debió reconstruirse después del desastre, pero McEwan hace de esa aparente inutilidad una defensa de la literatura como herramienta para acercarse a aquello que los archivos, las estadísticas y la tecnología no alcanzan a explicar.
Lo que podemos saber avanza en dos grandes movimientos y modifica su perspectiva en la segunda parte, cuando la historia amplía el alcance de la investigación inicial y obliga a reconsiderar algunas certezas construidas por el relato. Allí reaparecen asuntos recurrentes en la obra de McEwan: el deseo, la culpa, la creación artística, los secretos, la fragilidad de los recuerdos y la posibilidad de interpretar de manera equivocada la vida de los demás.
Con momentos de ironía, especulación científica, novela académica y suspenso, McEwan utiliza el futuro menos como ejercicio de profecía que como punto de observación del presente. El resultado es una ficción sobre aquello que una civilización conserva, aquello que pierde y las historias que construye para llenar los huecos. Publicada en español por Anagrama, con traducción de Eduardo Iriarte Goñi, Lo que podemos saber tiene 384 páginas y vuelve sobre una preocupación que atraviesa buena parte de la obra del escritor británico: la distancia siempre incierta entre los hechos, la memoria y el relato que termina imponiéndose sobre ellos.
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