Hace apenas unas semanas, en la necrópolis de Oxirrinco cerca de El-Bahnasa, a 193 kilómetros al sur del Cairo, apareció dentro del cartonnage de una momia un fragmento de la Ilíada, unos versos del “Catálogo de las naves”, del Libro 2. No estaba en una biblioteca ni en un museo: estaba mezclado con vendas, pegamentos y restos funerarios, reciclado como material de embalaje hace más de dos mil años. Un fragmento de Homero convertido en objeto utilitario, degradado hasta casi desaparecer, y sin embargo todavía legible. Eso también es la cultura: aquello que incluso reducido a desecho conserva una potencia de supervivencia.
Cultura es lo que no se dejó matar. No lo que fue celebrado, no lo que recibió protección oficial ni suplementos culturales dominicales, sino aquello que atravesó intacto –o más exactamente: mutilado pero vivo– la inclemente intemperie del tiempo. Lo que siguió hablando aun cuando ya no tenía interlocutores evidentes.
La cultura rara vez sobrevive gracias a sus contemporáneos. Casi siempre sobrevive a pesar de ellos. Hay generaciones enteras dedicadas a olvidar, a reemplazar, a declarar obsoleto lo anterior con una impaciencia de liquidación de temporada. Cada época cree haber descubierto el modo definitivo de ser moderna, y por eso mira con condescendencia todo lo que no se parece a su propio entusiasmo. Y, sin embargo, ciertas formas regresan. No porque alguien las cultive y las imponga, sino porque contienen una resistencia secreta. Algo en ellas se niega a desaparecer del todo.
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Una melodía popular cruza océanos y cambia de idioma; una tragedia griega reaparece en un barrio miserable; un refrán campesino se infiltra en la boca de un filósofo; una novela que fue despreciada termina explicando mejor una época que todos los discursos oficiales escritos en su nombre. También una palabra caída en desuso puede volver, cargada de una electricidad inesperada, cuando alguien la pronuncia en el momento apropiado. La cultura tiene esa ironía: muchas veces triunfa después de haber sido derrotada.
Por eso lo cultural no coincide necesariamente con lo prestigioso. Hay obras coronadas que envejecen en pocos años y canciones anónimas que sobreviven siglos. La duración es un juicio más severo que la crítica. El tiempo corrige con paciencia mineral. Va dejando caer nombres, escuelas, modas, entusiasmos, manifiestos, hasta que queda apenas aquello que todavía puede ser dicho sin sentir vergüenza ajena. Lo demás fue ruido de época: necesario quizá, incluso brillante, pero incapaz de cruzar solo la noche.
Lo invencible, además, nunca permanece intacto. Todo lo que vive mucho tiempo aprende a deformarse. La cultura resiste porque acepta la contaminación. Un mito cambia de religión; una imagen cambia de soporte; una palabra pierde su significado original y aun así conserva una vibración reconocible. Lo puro dura poco. Lo híbrido, en cambio, tiene futuro. La pureza suele ser una fantasía retrospectiva, una manera de embalsamar lo que alguna vez estuvo vivo. Nadie hereda una forma sin alterarla: recibir es también deformar, y deformar es un poco traicionar.
Quizá por eso las épocas obsesionadas con preservar terminaron momificando. La verdadera continuidad cultural no consiste en custodiar reliquias, sino en permitir que algo siga respirando aun cuando ya no recuerde exactamente su forma inicial. Un texto clásico no vive porque se lo admire: vive porque alguien todavía lo usa para pensar, para discutir, para escribir contra él. La admiración inmóvil es una forma elegante del entierro.
La cultura, entonces, es una larga capacidad de resistencia. El registro de todo aquello que, habiendo tenido innumerables razones para desaparecer, decidió quedarse. No como monumento intacto, sino como resto activo. Como el fragmento de papiro sellado en un paquete de arcilla junto a una momia egipcia que de pronto vuelve a ser leído por el mundo que lo había dado por perdido.
