El Mundial es una gran obra de teatro. Los insoportables periodistas deportivos como corifeos desmadrados y en pleno ataque de demencia, los técnicos como directores al estilo de Kantor, que se metía en escena para dirigirlos, y a los jugadores como actores de distintas escuelas. Algunos se someten a las marcaciones, tratan de abolir el azar del juego por la vía del cálculo o de la obediencia, distinguen las diferencias entre funcionamiento y personaje y entregan su eficacia real o dudosa en las dosis calculadas de antemano, mientras que otros entran en la verdad de la obra que están representando, que es la escena de la magia y la invención repentina, el arresto de heroicidad donde hay que dejar la piel, y son amados por el público, que por supuesto querría estar en el lugar de sus ídolos y debe satisfacer su pasión proyectiva con gritos a una pantalla de televisión mientras una mano agita la porción de muzzarella que se va doblando por su propio peso, chorreando queso y simulacros de tomate mientras la otra sostiene un porrón que se empezó a calentar.
Eso, esas operaciones, duran lo que duran esos noventa o ciento veinte minutos, a veces condimentados por el espectáculo delicioso y terrorífico del desempate por penales. No obstante, hasta esa última estribación del deseo insatisfecho y que siempre pide más termina por completarse, y luego empieza lo verdaderamente interesante: la conversación. El fútbol no sustituye a la guerra ni a la política, las desplaza; toma las formas del amor pero no es el amor, es un centro sin sustancia que entrega tanto la ilusión de fraternidad como la promesa de un conflicto irresoluble, porque apuesta a una esencia que no es tal. En ese descentramiento creemos en conspiraciones o manos negras (y las hay, empezando por las anaranjadas de Donald T. y el servicial Infantino), en intervenciones del Ser, del Sentido, del Destino. Dios está en un punto del camino, contemplando desde su computadora celestial la ubicación del arquero y la posición del pie del pateador en el momento del disparo. Ahí, durante una milésima de segundo, el instante se detiene, y es tan hermoso.
