El domingo próximo Colombia elige presidente y la arena electoral está dividida en tercios: Iván Cepeda, senador del Pacto Histórico; Abelardo De la Espriella, abogado penalista que se consolidó como la principal figura de la centroderecha; y Paloma Valencia, senadora del Centro Democrático y candidata del uribismo.
El resto de los postulantes –incluidos el ex gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo y a la ex alcaldesa de Bogotá, Claudia López– no lograron despegar: ambos acumulan juntos menos de 6 puntos según las encuestas. Si ningún candidato supera el 50% de los votos –lo que todos los sondeos consideran inevitable– habrá balotaje el 21 de junio.
Para la primera vuelta, los números son contundentes. La última encuesta de Invamer, muestra a Cepeda con el 44,6% y a De la Espriella consolidado en el segundo lugar con el 31,6%. Valencia, que semanas atrás disputaba ese puesto, cayó al 14%. Por su parte, la medición más reciente de Guarumo confirma ese liderazgo: Cepeda 37,1%, De la Espriella 27,5% y Valencia 21,7%.
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Yann Basset, Doctor en Ciencia Política por la Universidad Paris III y docente de la Universidad del Rosario en Bogotá, explica a PERFIL que la disparidad entre encuestadoras tiene una razón metodológica: “Invamer no toma en cuenta los indecisos en el cálculo de sus porcentajes, lo que hace que las candidaturas más consolidadas aparezcan con un porcentaje mayor. Guarumo, en cambio, toma los porcentajes sobre toda la población, incluyendo los indecisos”. Más allá de esas diferencias, el mensaje es el mismo en todos los sondeos: Cepeda primero, De la Espriella segundo y en ascenso, mientras que en un tercer puesto se ubica Valencia.
Hasta ahí, la foto es clara. El problema para el favorito podría aparecer en el balotaje. Según Guarumo, Cepeda perdería contra cualquiera de sus rivales en segunda vuelta: obtendría el 40% frente al 43,6% de De la Espriella, y el 39,9% frente al 44,8% de Valencia. Basset destaca que “son escenarios todavía hipotéticos y hay que tomarlos con cierto escepticismo. Cepeda sigue siendo el favorito: está muy arriba en primera vuelta y se da por descontado que pasará al balotaje”.
La polarización en relación a la figura del presidente Gustavo Petro también se refleja en las encuestas, donde el 50,2% dijo que no votaría por un candidato que esté a favor de la gestión del mandatario saliente. Petro concluirá su mandato en agosto y logró convertirse en protagonista de una campaña en la que formalmente no participa. “Estas elecciones tienen mucho de plebiscito sobre la gestión de Petro –señala Basset–. Ha sabido mantenerse en el centro de la conversación política. Su propuesta de constituyente le sirve para estar presente en la discusión más allá de su mandato”. Votar contra Cepeda, para una porción significativa del electorado, es votar contra Petro.
La violencia política se vuelve un dato insoslayable en estas elecciones. El intento de asesinato de un miembro de la campaña de Valencia y los asesinatos de dos integrantes de la campaña de De la Espriella en un municipio, donde operan disidencias de las FARC, encendió las alarmas. No es un caso aislado: la encuesta de Invamer identificó a la inseguridad como el indicador que más está empeorando según la percepción de los colombianos.
Basset pone en perspectiva el peso electoral de esos hechos: “Lamentablemente Colombia está acostumbrada a los atentados y la violencia durante las campañas. El impacto electoral de un acto en particular me parece limitado, pero alimenta la preocupación por la seguridad y el conflicto”. Y señala quién saca rédito político de esa preocupación: “Es un caballito de batalla para los candidatos de la oposición, que consideran que todo esto se debe al fracaso de la política de negociación con los grupos armados en la que Cepeda ha estado personalmente involucrado”.
Lo que Basset subraya como rasgo singular de la actual contienda electoral es la ausencia de campaña. “Los dos punteros no se presentaron en ningún momento a debatir. No hay discusión sobre propuestas, sobre ideas, sobre líneas de gobierno. Cada candidato le habla a su propio electorado a punta de videos y memes”. La consecuencia, advierte, no es solo electoral: “Esto puede convertirse rápidamente en un problema para el próximo presidente. Una campaña no debe ser solo para ganar votos, sino también un ejercicio de discusión pública para afinar un proyecto de país”.
La presencia de un outsider sin trayectoria política en el segundo puesto y un candidato de izquierda que podría profundizar el legado de Petro -considerado el primer presidente de izquierda en la historia del país- plantea la pregunta de si Colombia está ante un quiebre de su sistema político.
Basset, sin embargo, prefiere la cautela: “No estoy seguro de que Colombia deje de ser un país estable y, hasta cierto punto, previsible. Lo que se está dibujando es un sistema de partidos bastante organizado en torno a dos fuerzas grandes: el Pacto Histórico a la izquierda y el Centro Democrático a la derecha, con muchas etiquetas menores en el centro que pueden inclinarse hacia un lado u otro”.
Lejos de ver caos, el politólogo encuentra en esa estructura una garantía: tanto Cepeda como De la Espriella necesitan construir coaliciones en el Congreso que, en ambos casos, les pondrían límites. “Colombia puede llegar a ser en el fondo más previsible de lo que fue hace unas décadas, cuando el sistema de partidos estaba hiperfragmentado”, concluye.
