SOCIEDAD

Día 885, las causas profundas del conflicto de Milei con la educación

Día 885, las causas profundas del conflicto de Milei con la educación



Javier Milei no es un outsider del mundo académico. Fue profesor universitario. Dio clases. Transitó aulas, exámenes, seminarios y pasillos. Quizás ahí radique una de las claves más inquietantes del conflicto con la comunidad universitaria que ayer se movilizó masivamente: Milei no intenta destruir algo que desconoce, sino algo que conoce muy bien, desde adentro, y que probablemente deteste, porque representa un modelo de sociedad opuesto al que él desea.

La sociedad ideal anarco-capitalista parece ser aquella donde cada individuo compite solo contra todos, sin redes de contención, sin solidaridad y sin instituciones que amortigüen desigualdades. Una sociedad donde el éxito legitima cualquier desigualdad y donde el que queda atrás no merece ayuda, sino desprecio.

Construir consenso en torno a las ideas de Milei es difícil, ya que las universidades públicas siguen siendo una de las instituciones con mayor nivel de confianza social en la Argentina, superando el 70% de imagen positiva según distintos estudios. Cerca de dos millones de estudiantes cursan en universidades estatales, que concentran alrededor del 80% de toda la matrícula de educación superior del país. Para amplios sectores, el ajuste pone en riesgo uno de los pilares históricos de movilidad social y acceso igualitario a la educación en la Argentina.

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La difícil situación que se vive en las universidades resalta justamente el carácter profundamente vocacional de la tarea docente. Miles de voluntades que mantienen en pie la universidad pública por la convicción de desarrollar conocimiento, formar personas y ampliar oportunidades más allá de la lógica del éxito individual a costa de los demás.

Nadie elige enseñar para hacerse rico. Ser docente implica una forma particular de compromiso con los demás. Implica dedicar tiempo, energía y paciencia a personas que están en una etapa de formación. Y hay algo inevitablemente afectivo en la enseñanza: un vínculo profundamente humano.

Además, enseñar implica respetar. Una lógica quizás diametralmente opuesta al estilo confrontativo de Javier Milei, que busca humillar”, o como dicen sus seguidores en las redes, “domara quienes discuten con él. Para ser un buen docente es necesario entender que nadie aprende bajo amenaza permanente. Que el conocimiento no florece desde la humillación.

Sin embargo, en épocas pasadas el castigo físico fue considerado una herramienta legítima de enseñanza y disciplina tanto en la familia como en la escuela. La idea de quela letra con sangre entra” resumía una concepción muy extendida; según esta el dolor físico ayudaba a corregir conductas, formar carácter y transmitir obediencia. Algo de esta pedagogía, hoy ampliamente cuestionada y dejada atrás, pervive en aquellos docentes que buscan educar mediante la humillación. ¿Será que Milei adoptó como método la humillación tras los castigos físicos que sufrió por parte de su padre cuando era chico?

Cuando Milei expone, o incluso en discursos políticos convertidos en “masterclass” de economía, parece enseñar más para demostrar superioridad que para generar conocimiento. Su método discursivo jamás fue el de la explicación paciente, sino el del castigo público. El alumno equivocado, el periodista que duda, el economista que disiente o el adversario político no son interlocutores con los que se puede llegar a conclusiones en conjunto: son enemigos a humillar.

El Milei que millones de argentinos conocieron primero como panelista televisivo y luego como presidente —gritón, agresivo, insultante y obsesionado con ridiculizar al adversario— parece encontrar un antecedente claro en el Milei docente.

Más que un espacio de intercambio y aprendizaje, sus clases aparecían dominadas por una lógica de confrontación y competencia extrema. Como si incluso la enseñanza estuviera atravesada por esa idea central que luego definiría toda su identidad política: que la vida es una batalla entre ganadores y perdedores, y que el que pierde merece ser aplastado.

Veamos algunas anécdotas de Milei como docente. En enero de este año entrevistamos en este mismo programa a Diego Giacomini, quien recordó una anécdota de la época en que Javier Milei era ayudante de cátedra suyo en la UBA.

Según relató en una entrevista con Perfil, durante un parcial de la materia Dinero, Crédito y Bancos, Milei diseñó un examen tan complejo y rebuscado que los 80 alumnos terminaron desaprobando el examen: “Era un parcial hecho para divertirse él mismo, no para los estudiantes”. Giacomini tuvo que modificar la metodología de evaluación y tomar recuperatorios para evitar que la cursada se desmoronara. Aquella escena funciona hoy como una metáfora del ejercicio del poder de Milei: un modelo construido desde la lógica de demostrar superioridad, antes que desde las necesidades de quienes deben atravesar el proceso.

«Defienden sus cajas»: el mensaje de Javier Milei tras la marcha universitaria

No es difícil imaginar esa escena. De hecho, millones de argentinos ya la vieron durante años en televisión. El Milei que interrumpía paneles gritando burro”, “ignorante” o “econochanta” a cualquiera que mencionara a Keynes, al Estado o cualquier mecanismo de regulación económica probablemente no era muy distinto del Milei docente. La diferencia es que antes el aula tenía treinta o cuarenta alumnos, y ahora tiene cámaras, micrófonos y un país entero mirando.

Pero el mecanismo parece ser el mismo: ridiculizar al otro para demostrar autoridad intelectual. Milei se hizo famoso insultando. No argumentando: insultando.

De hecho, vimos esta escena en 2018, cuando Javier Milei protagonizó un fuerte episodio de maltrato verbal durante una conferencia en el Colegio de Abogados de Metán, en Salta, donde había sido invitado por el entonces diputado Alfredo Olmedo para hablar sobre la crisis económica argentina.

Tras su exposición, de tono académico, se abrió una ronda de preguntas y una periodista local, Teresita Frías, le consultó por qué las políticas keynesianas parecían haber funcionado en Estados Unidos durante el New Deal pero no en Argentina.

Paulo Freire afirmaba que enseñar exige amor, porque educar implica creer en la capacidad del otro para crecer y transformar su realidad. Para él, no podía existir una pedagogía verdaderamente liberadora basada en la humillación, el miedo o el autoritarismo. El diálogo pedagógico requería respeto, escucha y compromiso humano con el estudiante.

La idea de educación dialógica en Paulo Freire tiene una fuerte raíz en la dialéctica de Hegel. Para Hegel, el conocimiento y la conciencia no avanzan de manera lineal ni aislada, sino a través de la confrontación entre distintas perspectivas, tensiones y contradicciones. Es en ese intercambio —en el choque entre una idea y otra— donde surge una comprensión más profunda de la realidad. Freire traslada esa lógica al terreno educativo: el aprendizaje no nace de un docente que “deposita” verdades terminadas sobre alumnos pasivos, sino del diálogo entre sujetos que piensan, preguntan y se transforman mutuamente. La educación, entonces, deja de ser un acto de obediencia para convertirse en un proceso vivo de construcción colectiva del conocimiento.

Este método es muy antiguo. La mayéutica fue el método filosófico desarrollado por Sócrates en la antigua Grecia. La palabra proviene del griego “maieutiké”, que significa “arte de ayudar a dar a luz”, porque Sócrates comparaba su tarea con la de una “partera del conocimiento”: no transmitía conocimientos terminados, sino que ayudaba a que las personas descubrieran las verdades por sí mismas. A través de preguntas, repreguntas y diálogos, llevaba a sus interlocutores a examinar sus propias creencias, detectar contradicciones y profundizar su pensamiento. El objetivo no era memorizar respuestas, sino desarrollar una reflexión crítica capaz de conducir al conocimiento mediante el razonamiento.

Carl Rogers, referente de la psicología humanista, sostenía que las personas aprenden más profundamente en ambientes donde existe empatía, autenticidad y aceptación. Según Rogers, cuando un alumno siente que puede equivocarse sin ser ridiculizado, disminuye la ansiedad y aumenta su capacidad de explorar, participar y desarrollar creatividad.

Por su parte, Lev Vygotsky demostró que el aprendizaje es profundamente social: los seres humanos desarrollan su pensamiento en interacción con otros. La empatía permite justamente construir esos vínculos de confianza y cooperación necesarios para aprender. Incluso desde la neurociencia contemporánea se sostiene que las emociones influyen directamente en la memoria, la atención y la capacidad de aprendizaje. Un entorno hostil o humillante puede bloquear procesos cognitivos, mientras que un clima emocional seguro favorece la curiosidad y la participación.

Rita Segato desarrolla el concepto de pedagogía de la crueldad” para describir los mecanismos culturales, sociales y políticos mediante los cuales una sociedad se acostumbra a la violencia, la deshumanización y la indiferencia frente al sufrimiento ajeno. Según Segato, no se trata solamente de hechos violentos aislados, sino de un aprendizaje cotidiano que enseña a ver a las personas como objetos descartables.

El método de Milei, bajo esta óptica, sí nos está educando, pero de un modo distinto y hacia un fin completamente diferente al de una sociedad solidaria. El conflicto de Milei con la universidad pública excede el debate presupuestario. Lo que está en disputa a través del presupuesto universitario es qué tipo de vínculos sociales queremos desarrollar: si apostamos a vínculos basados en la cooperación y el pensamiento crítico, o a una sociedad atravesada por la competencia brutal donde el otro aparece siempre como un rival a destruir.

Milei no encarna únicamente un programa económico, sino también una forma de entender las relaciones humanas. Una lógica donde la empatía es vista como debilidad, el consenso como una claudicación y el diálogo respetuoso como una pérdida de tiempo deñoños republicanos”.

Educar implica exactamente lo contrario: reconocer que nadie se construye solo, que aprender requiere paciencia y que una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre ganadores y perdedores. Allí radica, quizás, la tensión más profunda entre Milei y la universidad.

Sócrates fue juzgado en Atenas en el año 399 a. C., acusado deadoctrinar a los jóvenes” y de no respetar a los dioses de la ciudad. Detrás de esas acusaciones había otra cosa: Sócrates llevaba años incomodando a los poderosos con su método filosófico basado en preguntas. Caminaba por las plazas atenienses interrogando políticos, poetas y ciudadanos para mostrarles que muchas veces creían saber cosas que en realidad no comprendían. Su actitud crítica, especialmente después de la traumática derrota de Atenas en la Guerra del Peloponeso, empezó a ser vista como una amenaza para el orden político y moral de la ciudad.

Durante el juicio, relatado luego por Platón en la “Apología de Sócrates”, el filósofo rechazó suplicar clemencia o mostrarse arrepentido. Defendió su tarea intelectual como una misión necesaria para la sociedad ateniense. Sostenía que una vida sin examen crítico no merecía ser vivida y comparaba su rol con el de untábano” que despertaba a un caballo adormecido: alguien incómodo pero necesario para mantener viva la reflexión colectiva. Su actitud desafiante irritó aún más a quienes debían juzgarlo, que lo condenaron a muerte. Aunque muchos miembros del jurado habían sido sus alumnos, y no querían realmente que Sócrates muriera.

Sus discípulos organizaron un plan para ayudarlo a escapar de la prisión, juntaron dinero y sobornaron al guardia. Una noche dejaron la puerta abierta y sin custodia, pero Sócrates no huyó. Al otro día, al encontrarlo todavía en su celda, se sorprendieron ante la reprimenda de su maestro: “No entendieron nada”.

Sócrates consideraba que huir implicaría traicionar las leyes de la ciudad en la que había vivido toda su vida, incluso si esa misma ciudad estaba cometiendo una injusticia contra él. Además, él era ante todo “ateniense”, una identidad muy arraigada a su ser.

En el diálogo “Fedón”, Platón, que fue uno de los discípulos que lo acompañó, describe las últimas horas de su amado maestro. El filósofo pasó sus momentos finales conversando serenamente sobre el alma, la muerte y la verdad, rodeado de sus alumnos. Luego tomó la copa de cicuta y la bebió sin temor. Poco a poco, el veneno comenzó a paralizarle el cuerpo desde los pies hacia arriba hasta detener su respiración. La escena quedó grabada como uno de los momentos fundacionales de la filosofía occidental: la muerte de un hombre que prefirió sostener el derecho a pensar y preguntar antes que renunciar a sus ideas para salvar su vida.

Maslatón: «Milei odia especialmente a las universidades nacionales, no soporta la autonomía»

Las causas profundas del conflicto de Milei con la educación lo trascienden; tienen que ver con el conocimiento y, finalmente, con su relación con el orden de la verdad. Eso homologa a la universidad con el periodismo.

La palabra maestro «el que es más» no es solo un calificativo epistémico del saber meramente académico, el ser es del orden superior al saber, hacer o tener. Decirle a alguien maestro es un calificativo moral, por eso en el lunfardo maestro sustituye a quien se le debía respeto. La verdadera educación es un proceso político y social cuyo objetivo es transformar la realidad a través del pensamiento crítico y la reflexión.

Hoy son los miles que se movilizaron en todo el país quienes defienden ese mismo derecho a cuestionar y preguntar. A tener una sociedad empática con el otro, mientras el Presidente desoye la ley y arremete contra el pensamiento crítico y el ámbito educativo.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

MV/ff





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