De las cintas de Perón al avatar de Bolsonaro
SOCIEDAD

De las cintas de Perón al avatar de Bolsonaro



En agosto, en la convención del partido que lo lanzó como candidato, Flávio Bolsonaro mostró un video en el que su padre lo respaldaba. Jair Bolsonaro está preso y no pudo estar, y el que apareció en la pantalla fue un avatar hecho con IA, con su cara y su voz, diciendo lo que el hijo necesitaba que dijera. El avatar aclaraba que era artificial, y un mes después el Tribunal Superior Electoral votó 5 a 2 una definición legal de deepfake para frenar cosas así. Lula ganó el balotaje con una remontada que ninguna encuesta había visto venir.

Mientras seguía la campaña me acordé de otras voces ausentes. Entre 1955 y 1973 Perón estuvo prohibido en Argentina, y durante esos 18 años su voz circuló igual, grabada en cintas en su casa de Madrid, copiadas y pasadas de mano en mano, escuchada en sindicatos y en cocinas con la persiana baja. Un movimiento político entero se organizó alrededor de alguien que hablaba desde una grabación. Las cintas llevaban lo que Perón había dicho, con sus pausas y sus silencios, y el que las escuchaba sabía que del otro lado del océano había un hombre de carne y hueso que las había grabado.

El avatar brasileño rompe ese pacto, porque conserva la voz y el rostro de Jair Bolsonaro sin que él haya grabado nada. Una máquina produjo su respaldo a partir de miles de horas de material y el hijo eligió las palabras. Al que no podía estar siempre lo representó otro, y lo nuevo de esta época es que el ausente aparece él mismo, con una lealtad perfecta a los intereses de quien lo convoca, sin que haga falta su acuerdo.

Los jueces brasileños enfrentaron un problema para el que no existían manuales. Las reglas contra la desinformación se apoyaban en la transparencia, en obligar a decir que un contenido es sintético, y ese avatar lo decía solo. Admitía ser máquina mientras hacía hablar a un hombre que no había hablado. El tribunal entendió que la honestidad sobre el método no alcanza cuando lo que se fabrica es la voluntad de una persona viva, y escribió una definición que abarca a cualquier contenido capaz de reproducir la imagen, la voz o el discurso de alguien vivo, muerto o ficticio.

Escribí hace unas semanas sobre las familias que usan IA para seguir conversando con sus muertos. Lo de Brasil es la versión política del mismo gesto, y ahí el asunto cambia de escala, porque lo que hace una familia con la abuela resucitada queda adentro de esa casa, y un partido que resucita a su líder le habla a millones. Nosotros conocemos ese negocio desde antes de que existiera internet. Evita está más viva que nunca desde 1952, y cada fuerza política argentina guarda un muerto o un ausente al que invoca cuando le hace falta. Hasta ahora los invocábamos con nuestras palabras, y la novedad es que pueden volver con las suyas, o con las que alguien decida ponerles en la boca.

Argentina elige presidente en 2027 y no tiene ninguna regla parecida a la brasileña. Me pregunto a quién van a sentar en el escenario, si a un fundador muerto hace décadas o a un expresidente al que la Justicia le cerró la puerta. La tecnología para hacerlos aparecer está disponible hoy, cuesta poco, y lo único que falta es que alguien se anime primero.

Pienso otra vez en las cintas de Madrid. Alguien tenía que apretar play en una cocina de Avellaneda y los demás tenían que callarse para escuchar, y en ese silencio había un acuerdo tácito de que la voz pertenecía a quien la había grabado. Lo que Brasil acaba de discutir, con todas las imperfecciones de un tribunal apurado, es si vamos a conservar ese acuerdo o si la voz de los que no están pasa a ser un recurso más de la campaña, que cualquiera puede encender desde un teléfono sin pedirle permiso a nadie.

*Autor y divulgador. Especialista en tecnologías emergentes.

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