Hay una pregunta que Córdoba debería hacerse cada tanto: ¿por qué una provincia sin mar consiguió construir algunas de las empresas más internacionales de la Argentina? La respuesta dice bastante sobre nuestro pasado, pero puede decir mucho más sobre nuestro futuro.
Córdoba nunca pudo cambiar su geografía. Tuvo que aprender a vencerla. Durante generaciones, cada tonelada producida aquí comenzó su viaje hacia el mundo cientos de kilómetros antes de llegar a un puerto. Esa desventaja ayudó a formar una cultura económica particular: producir bien no alcanzaba. Había que agregar valor, construir caminos, organizar la logística, buscar mercados y aprender a competir lejos de casa.
De esa necesidad nació una parte de nuestra identidad productiva. Y quizá allí debamos volver para imaginar la Córdoba que viene.
Cuando salir al mundo era una política de desarrollo
Durante la gobernación de Eduardo César Angeloz, Córdoba convirtió esa vocación en política pública, en ejercicio de la facultad federal de gestionar los negocios internacionales de la Provincia. El entonces ministro de comercio exterior Jorge Raúl Caminotti, proveniente de la conducción empresaria de Arcor y conocedor de las dificultades de internacionalizar una compañía nacida en el interior, encabezó una activa estrategia de comercio exterior.
Se organizaron misiones empresariales a distintos países con agendas, reuniones, contrapartes y apoyo del gobierno provincial, las embajadas y los consulados. Había un objetivo evidente: vender. Pero había otro, menos visible y probablemente más importante: ensanchar la imaginación empresarial de Córdoba. Para muchos pequeños y medianos industriales, el mercado internacional todavía estaba demasiado lejos. Un viaje podía cambiar esa percepción. En algunas de esas misiones participaba el propio gobernador Angeloz como respaldo institucional del más alto nivel.
Fulvio Pagani ya había comprendido que una empresa nacida en Arroyito podía tener al mundo como horizonte. Sus recorridos por Europa y América pertenecían a una época en la que hacer negocios exigía viajar, regresar, conversar y construir confianza. En Europa, uno de aquellos lugares de encuentro era el restaurant El Gaucho, en Colonia (Alemania), creado por Carlos Santillán Alfaro y convertido con los años en una informal embajada argentina. Santillán lo esperaba siempre a don Fulvio, según me comentó en una visita que hice con otros dirigentes de varios partidos, invitados por el gobierno alemán para observar el proceso de unificación luego de la caída del Muro de Berlín. Viaje inolvidable por cierto.
AGD y Adrián Urquía: construir el camino hasta los barcos
Quizá ninguna historia explique mejor la idea de una Córdoba con salida al mar que la de Adrián Pascual Urquía, el “Ñoño”. Desde General Deheza, comprendió que el potencial del campo no terminaba en cosechar. Había que industrializar, incorporar tecnología, alcanzar escala, procesar oleaginosas, almacenar, organizar la logística y llegar directamente a los mercados internacionales. Luego, el acceso a la concesión del Nuevo Central Argentino, uno de los ferrocarriles más importantes del transporte de carga, solidifico la estrategia logística. Tuve el gusto de ayudar, a él y a todos los empresarios involucrados, en la desregulación del transporte de carga de camiones, que tenían un régimen anacrónico de “bolsa de trabajo” en las asociaciones de camioneros de cada localidad, lo que significaba que los camiones salían cargados y debían volver vacíos cumpliendo esta norma corporativa. En esos tiempos, publiqué una nota periodística en La Voz del Interior: “El lobby transportista es lo más grande que hay”.
AGD fue construyendo esa integración y terminó participando también en infraestructura portuaria sobre la hidrovía Paraná–Paraguay. Su hijo Roberto Daniel Urquía se incorporó a la empresa en 1970 y acompañó la consolidación de aquella construcción empresarial. Adrián Urquía no podía acercar General Deheza al océano. Hizo algo mejor: construyó desde General Deheza una cadena económica capaz de llegar hasta los barcos. La enseñanza sigue vigente. La geografía establece condiciones; la infraestructura, la tecnología y la iniciativa privada pueden cambiarlas.
Brasil, industria y una nueva escala
Los años noventa produjeron otro cambio de escala. La apertura económica tuvo luces y sombras, pero para Córdoba la integración con Brasil y la consolidación del Mercosur ampliaron de manera decisiva el horizonte industrial. Brasil dejó de ser solamente un vecino y pasó a formar parte del mercado natural de nuestra industria automotriz. También hubo empresarios cordobeses que exportaron modelos de negocios y conocimiento hacia Europa Central y Oriental. Más tarde, Nissan reforzó la tradición industrial de Santa Isabel, en un proceso en el que el entendimiento con SMATA también demostró que las grandes inversiones requieren acuerdos capaces de alinear competitividad, empleo y producción.
Motorola: cuando Córdoba comenzó a exportar conocimiento
Hay una razón personal por la que me interesa especialmente esta parte de la historia. Cuando desde la Municipalidad de Córdoba impulsamos la llegada de Motorola en el año 2000, no buscábamos solamente una inversión ni algunos cientos de puestos de trabajo. Intentábamos demostrar algo que entonces parecía bastante más audaz que hoy: que Córdoba podía participar de la economía mundial exportando conocimiento.
Después llegaron otras compañías, entre ellas Intel y EDS, crecieron empresas locales, se formaron programadores, se multiplicaron carreras universitarias y terciarias y aparecieron nuevos emprendedores. Profesionales que habían trabajado en grandes compañías crearon sus propias empresas. Lo que comenzó como una inversión se convirtió con el tiempo en un ecosistema.
Veinticinco años después, el ecosistema tecnológico cordobés reúne más de 300 empresas y alrededor de 25.000 empleos. Córdoba cuenta además con alrededor de 160 empresas incorporadas al régimen nacional de promoción de la Economía del Conocimiento, cerca del 16% del total argentino. Ya no estamos hablando de una actividad marginal: estamos hablando de uno de los complejos productivos que explican la nueva economía provincial.
Podríamos llamar a buena parte de esa generación, con afecto y alguna licencia histórica, los “ahijados de Motorola”. No porque esas empresas hayan nacido necesariamente dentro de Motorola —muchas existían antes y otras surgieron después sin relación directa— sino porque pertenecen a una Córdoba que, después de aquella apuesta, comprendió la dimensión económica que podía alcanzar el conocimiento.
Un complejo exportador que no se ve en las rutas
Ya en el primer semestre de 2023, las empresas relevadas por el Monitor TIC cordobés empleaban a más de 18.000 personas, habían facturado alrededor de 485 millones de dólares y registraban ventas al exterior por unos 122 millones de dólares en apenas seis meses. Aproximadamente la mitad trabajaba para mercados internacionales. A escala nacional, la Economía del Conocimiento se convirtió en uno de los principales complejos exportadores argentinos. Córdoba ayudó a sembrar hace veinticinco años una industria que hoy demuestra que las exportaciones no siempre se cuentan en toneladas.
Durante mucho tiempo aprendimos a medir nuestra capacidad exportadora observando camiones con granos, automóviles saliendo de Santa Isabel o aceite viajando hacia la hidrovía. Esas exportaciones siguen siendo fundamentales. Pero ahora existen otras que no pesan, no ocupan un contenedor, no necesitan una ruta hasta Rosario y no esperan un barco.
Un programa desarrollado en Córdoba puede llegar a Estados Unidos en segundos. Una solución AgTech puede utilizarse en Brasil. Un sistema de ciberseguridad puede proteger una compañía en Europa. Para miles de jóvenes cordobeses, la salida al mar cabe en una computadora: la fibra óptica es el puerto, el conocimiento es la carga y el mundo entero puede ser el mercado.
Córdoba, capital AgTech
La transformación tecnológica encontró después un territorio particularmente fértil: el campo. Córdoba reúne una combinación difícil de reproducir: una de las principales plataformas agroindustriales de América Latina y, al mismo tiempo, uno de los ecosistemas tecnológicos más desarrollados de la Argentina.
De ese encuentro nació una nueva industria. Las AgTech unen dos culturas que durante demasiado tiempo fueron analizadas por separado: la del productor agropecuario y la del programador; la maquinaria agrícola y el software; el conocimiento agronómico y la inteligencia artificial. Por eso Córdoba puede aspirar con fundamento a convertirse en una capital latinoamericana de las AgTech. No necesita inventar ese ecosistema desde cero. Ya comenzó a construirlo.
Villa María dio uno de los primeros pasos
Para comprenderlo no hace falta viajar a Silicon Valley. Hay que mirar a Villa María. Allí nació y creció BIT, la empresa tecnológica que desarrolló Agrobit y que comenzó a demostrar tempranamente que la digitalización podía transformar la manera de administrar una explotación agropecuaria.
Agrobit llevó software, gestión, imágenes, analítica y luego inteligencia artificial al corazón mismo de la producción. Su trabajo con la Asociación de Cooperativas Argentinas, a través de ACA Mi Campo, ayudó a llevar herramientas digitales a una enorme comunidad de productores. Lo verdaderamente revolucionario no fue colocar una computadora dentro de una explotación agrícola: fue convertir millones de datos dispersos en decisiones productivas.
La empresa, nacida en Villa María, proyectó luego su tecnología hacia otros mercados de América Latina y desarrolló presencia internacional, incluyendo a Barcelona. Su plataforma se integró con SAP, uno de los mayores grupos mundiales de software empresarial. Agrobit fue reconocida como finalista de los SAP Innovation Awards 2023 en la categoría “sustainability hero”.
El caso tiene un enorme valor simbólico: la innovación agropecuaria mundial también puede comenzar en Villa María. Una compañía cordobesa puede combinar agronomía, software e inteligencia artificial, aplicarlos primero a los problemas concretos de nuestro campo y después exportar esa solución.
El campo será una industria tecnológica
Esto debería ayudarnos a abandonar definitivamente una falsa discusión argentina. No tenemos que elegir entre campo y tecnología. El campo será una de las grandes industrias tecnológicas del siglo XXI. Inteligencia artificial, imágenes satelitales, sensores, robots, drones, genética, biotecnología, maquinaria autónoma, riego inteligente, predicción climática, trazabilidad y análisis masivo de datos modificarán profundamente la agricultura. Córdoba posee prácticamente todos los componentes necesarios para liderar esa transformación: productores, universidades, programadores, fabricantes de maquinaria, cooperativas, industria alimentaria, biocombustibles y conocimiento agronómico.
La próxima gran empresa tecnológica cordobesa puede comenzar con tres ingenieros, dos agrónomos y una computadora. Puede desarrollar inteligencia artificial para un tambo, software para maquinaria agrícola, robótica, sensores o algoritmos capaces de anticipar una cosecha. La próxima Motorola puede estar naciendo en Villa María, Río Cuarto, San Francisco, Marcos Juárez o la ciudad de Córdoba.
Repensar la lechería: del tambo al laboratorio de datos
El sector lácteo ofrece uno de los ejemplos más claros. Córdoba posee una de las grandes cuencas lecheras argentinas y una cadena que sostiene productores, cooperativas, industrias, proveedores y pueblos enteros. Pero el tambo está entrando en una revolución tecnológica.
Los sistemas robotizados de ordeñe, sensores, alimentación automatizada, genética, trazabilidad e inteligencia artificial permiten seguir cada animal, anticipar problemas sanitarios y mejorar productividad y bienestar. El tambo deja de ser solamente una explotación ganadera. También se convierte en una plataforma de datos.
La tecnología no elimina al productor. Cambia su trabajo. Reduce tareas repetitivas y aumenta el valor de gestionar información, nutrición, genética, mantenimiento y productividad. Córdoba debería aspirar a tener una de las industrias lecheras tecnológicamente más avanzadas de América Latina y, al mismo tiempo, desarrollar localmente una parte creciente de los robots, sensores, software y sistemas que necesitará. No hay sectores viejos y sectores nuevos. Hay sectores que incorporan tecnología y otros que dejan de hacerlo.
Agua para una nueva frontera agroindustrial
El mismo razonamiento vale para toda la agroindustria. La próxima revolución cordobesa no puede consistir solamente en producir más toneladas. Debe incorporar riego, agricultura de precisión, genética, biotecnología, bioenergía y alimentos de mayor valor.
El agua debe ser considerada infraestructura productiva. Programas de irrigación técnicamente sustentables pueden estabilizar rendimientos, ampliar áreas productivas y desarrollar nuevas cadenas industriales. La discusión no debería centrarse únicamente en cuánto podemos producir, sino en cuánto conocimiento y cuánto valor podemos conseguir que permanezcan en Córdoba antes de que esa producción salga hacia el mundo.
Subirnos de lleno a la economía nuclear
Hay oportunidades que una provincia debe construir desde cero y otras para las cuales la historia ya hizo una parte importante del trabajo. La energía nuclear pertenece a la segunda categoría. Córdoba no necesita imaginar cómo sería convivir con una industria nuclear. Ya lo sabe. La Central Nuclear Embalse lleva décadas formando parte de nuestra infraestructura energética y, después de su extensión de vida, continúa siendo uno de los activos tecnológicos más sofisticados instalados en territorio provincial.
Pero Embalse debería ser mucho más que una central que produce electricidad. Debería ser el corazón de una economía nuclear cordobesa. Alrededor de una instalación de esa complejidad existe una cadena industrial de enorme sofisticación: ingeniería, metalmecánica de precisión, bombas, válvulas, sistemas eléctricos, electrónica, instrumentación y control, software, ciberseguridad, materiales, mantenimiento, ensayos, capacitación y servicios especializados.
Córdoba ya posee parte de esas capacidades. Tiene empresas proveedoras, científicos, técnicos e ingenieros formados durante décadas, universidades, metalmecánica y experiencia energética. En la Universidad Nacional de Córdoba funciona además el reactor de investigación y docencia RA-0, una infraestructura que permite formar recursos humanos y mantener vivo el conocimiento nuclear.
Pocas regiones pueden reunir en un mismo territorio una central nuclear de potencia, un reactor universitario, universidades, proveedores industriales y recursos humanos especializados. La pregunta no debería ser si Córdoba puede participar de la economía nuclear. Ya participa. La verdadera pregunta es por qué no hacerlo a una escala mucho mayor.
Del reactor al data center
Una central nuclear produce electricidad. Una economía nuclear produce además conocimiento, empresas, empleo calificado, propiedad intelectual y capacidad exportadora. Córdoba debería identificar y fortalecer proveedores de la cadena nuclear, facilitar certificaciones, vincular empresas con universidades y organismos nacionales, formar técnicos especializados y ayudar a que esa capacidad pueda venderse también a proyectos internacionales.
A esa base se suma una oportunidad de largo plazo: los pequeños reactores modulares, los SMR. El mundo vuelve a discutir la energía nuclear al mismo tiempo que la inteligencia artificial eleva de manera extraordinaria la demanda de energía firme. Los algoritmos necesitan electrones. Muchos.
Por eso Córdoba debería estudiar desde ahora, con todo el rigor técnico, económico, ambiental y regulatorio necesario, la posibilidad de que una futura generación de SMR forme parte de una estrategia vinculada a grandes campus tecnológicos y data centers. No se trata de anunciar mañana un reactor. Se trata de no comenzar la discusión cuando los inversores ya hayan elegido otro territorio. Embalse, el RA-0, científicos, técnicos, proveedores, metalmecánica, software, ciberseguridad, SMR, data centers e inteligencia artificial no tienen por qué ser proyectos aislados. Pueden formar parte de una misma política de desarrollo.
El próximo puerto puede ser digital
La inteligencia artificial parece inmaterial, pero su infraestructura es extraordinariamente física. Necesita edificios, transformadores, subestaciones, refrigeración, seguridad, agua, fibra óptica y enormes cantidades de electricidad.
Córdoba podría competir por data centers regionales, instalaciones edge y grandes campus de computación. Para hacerlo, no alcanza con ofrecer terrenos o beneficios fiscales. Hay que construir un producto de inversión: energía disponible y previsible, varias rutas independientes de fibra, permisos ágiles, universidades, talento, seguridad y estabilidad regulatoria. La fibra debe pensarse como antes se pensaban las autopistas. Durante el siglo XX construimos infraestructura para mover toneladas. Durante el XXI tendremos que construirla también para mover terabytes.
Existe otra frontera que Córdoba no debería mirar desde abajo: el espacio. La provincia posee una tradición aeronáutica, universidades, ingenieros y el Centro Espacial Teófilo Tabanera, junto con capacidades vinculadas a CONAE y VENG. Esa base puede convertirse en un ecosistema aeroespacial mucho más ambicioso.
La nueva economía espacial no está compuesta solamente por grandes cohetes. Incluye satélites, comunicaciones, observación de la Tierra, sensores, software, procesamiento de imágenes, inteligencia artificial, agricultura de precisión, prevención de incendios y estaciones terrestres. Córdoba ya tiene una puerta hacia ese mundo. Tiene que decidir si quiere atravesarla.
FAdeA necesita futuro, no nostalgia
En esa discusión aparece inevitablemente FAdeA. La Fábrica Argentina de Aviones forma parte de la identidad industrial de Córdoba y conserva capacidades valiosas de ingeniería, fabricación y mantenimiento. Pero ha atravesado años difíciles, perdió parte de recursos humanos formados durante décadas y todavía necesita encontrar una escala y una misión sostenibles.
La respuesta no puede ser abandonarla. Tampoco conservarla solamente porque alguna vez fue grande. Hay que reinventarla: integrarla más profundamente a cadenas internacionales, fabricar componentes, desarrollar mantenimiento para flotas regionales, buscar socios globales e incorporar drones, sistemas autónomos, nuevos materiales, software e inteligencia artificial. La pregunta correcta no es cómo mantener ocupada una fábrica. Es qué lugar quiere ocupar Córdoba en la industria aeroespacial mundial de los próximos treinta años y qué papel puede desempeñar FAdeA dentro de esa estrategia. Una fábrica encuentra su futuro cuando encuentra nuevamente una misión.
Volver a las fuentes
Después de hablar de robots, inteligencia artificial, energía nuclear y satélites, conviene recordar de dónde provino buena parte del progreso de Córdoba. Provino de la iniciativa privada, de la inventiva, del trabajo, de personas dispuestas a arriesgar, de empresarios que reinvirtieron, de trabajadores que aprendieron nuevos oficios y de ingenieros que resolvieron problemas.
El Estado tiene un papel fundamental: educar, construir infraestructura, garantizar reglas razonables, facilitar inversiones y abrir mercados. Pero no puede reemplazar la energía creadora de una sociedad. Arcor no nació de un decreto. AGD tampoco. Ni Promedon, Tecme o BIT. Y seguramente la próxima gran empresa cordobesa tampoco lo hará. Nuestra responsabilidad no es decidir quién será el próximo gran empresario cordobés. Es construir una Córdoba en la que pueda aparecer.
Salir al mundo
Córdoba necesita recuperar una política sistemática de internacionalización. No viajes protocolares, sino misiones con compradores, socios, inversores, universidades y centros tecnológicos. Brasil, Estados Unidos, Europa, China, India, Medio Oriente, África y el sudeste asiático deberían formar parte de una agenda permanente. Y el movimiento debe funcionar en las dos direcciones. Hay que llevar Córdoba al mundo y conseguir que el mundo vuelva a mirar hacia Córdoba. No necesitamos elegir entre agroindustria o inteligencia artificial, entre energía nuclear o renovable, entre automóviles o satélites. Las economías modernas no prosperan eligiendo una sola identidad, sino conectándolas.
Cada generación cordobesa tuvo que construir su propia salida al mar. Nuestros antepasados tendieron caminos y ferrocarriles. Nuestros industriales levantaron fábricas lejos de los puertos. Pagani salió desde Arroyito a conquistar mercados. Adrián Urquía construyó desde General Deheza una cadena que llegó hasta los barcos. Angeloz y Caminotti llevaron empresarios a descubrir el mundo. El Mercosur acercó Brasil. Motorola ayudó a demostrar que Córdoba podía exportar conocimiento. BIT y Agrobit mostraron desde Villa María que esa tecnología podía regresar al campo convertida en productividad e inteligencia.
Promedon y Tecme probaron que también podíamos enviar tecnología sofisticada a decenas de países. Y miles de jóvenes demuestran hoy, silenciosamente, que desde una computadora instalada en Córdoba se puede trabajar para cualquier lugar del planeta.
Ahora nos toca a nosotros. No sabemos cuál será la próxima gran empresa cordobesa, qué tecnología dominará dentro de treinta años ni qué profesiones tendrán nuestros nietos. Pero podemos dejarles algo más importante que una predicción: una provincia preparada.
Con agua y energía. Con fibra y universidades exigentes. Con empresas fuertes y libertad para crear. Con una agroindustria capaz de incorporar robots, biotecnología e inteligencia artificial. Con una economía nuclear construida alrededor de Embalse, el RA-0, sus proveedores, científicos y técnicos. Con data centers capaces de conectarnos con la revolución de la inteligencia artificial. Con una industria aeroespacial que vuelva a encontrar una misión. Y, sobre todo, con confianza en su propia gente.
Tal vez ésa sea la verdadera salida al mar que Córdoba siempre estuvo buscando. No un lugar en el mapa, sino una manera de mirar el mundo. Nuestros padres y nuestros abuelos no esperaron que el futuro viniera a buscarlos. Cuando parecía que estábamos demasiado lejos, construyeron caminos. Cuando el mercado era pequeño, salieron a buscar otros. Cuando faltaba industria, levantaron fábricas. Cuando apareció una nueva tecnología, aprendieron.
Fueron hacia el futuro. Ésa es la Córdoba que vale la pena recuperar. No para regresar al pasado, sino para volver a tener futuro. Córdoba seguirá siendo mediterránea. Pero nunca fue el mapa lo que definió nuestros límites. Los definió nuestra ambición. Durante décadas buscamos nuestra salida al mar. Ahora debemos reencontrarla y agregar una nueva frontera: volver al mundo, abrir una salida al espacio y volver a creer que Córdoba puede volar alto El futuro depende de la garra del sector privado, como siempre.
(*) Ex Secretario de Comunicaciones de la Nación

















