Lo que está sucediendo en el Medio Oriente no se agota con un listado de ataques, contrataques, negociaciones y rupturas de las mismas. Lo que estamos viendo es el reordenamiento de seguridad regional más importante de las últimas décadas.
Los países árabes del golfo han sufrido, cualitativa y cuantitativamente, los mayores ataques iraníes. Una guerra no deseada y contra la cual argumentaron de diversa manera ante Washington, que no escucho las voces y la experiencia de quienes llevan siglos viviendo cerca de Irán.
Esos ataques han afectado su infraestructura económica, han generado a una disrupción de las vías de comercio global y, en el fondo, una gran desconfianza frente a Washington, sus acciones y prioridades.
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Todo ello es solucionable a corto y mediano plazo, pero lo que estamos viendo es algo con muchas mayores implicancias, el inicio de una nueva arquitectura de seguridad regional.
El 30 de julio, en Riad, se estableció una alianza de defensa marítima multinacional, liderada por Arabia Saudita y acompañada por 12 países para asegurar un tránsito en las aguas del Mar Rojo antes los ataques de los huzies desde Yemen.
El 7 de agosto, en la ciudad de la Meca, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán han firmado un acuerdo de defensa mutua. El mismo reúne a un país miembro del G-20 y principal exportador de la OPEP (Arabia Saudita), un país miembro de la OTAN y con una creciente industria militar (Turquía) y el único país de mayoría musulmana con armas nucleares (Pakistán).
Las implicancias de estos dos entendimientos, a pesar de ser extremadamente recientes y aún lejos de haber sido probados en la realidad, creemos que son relevantes.
En primer lugar, no es solo un esquema “anti-iraní” como podría argumentarse, sino que se está generando un esquema de seguridad posnorteamericano o, mejor dicho, no exclusivamente norteamericano.
Estados Unidos continuará con sus ventas de armamento a los países de la región, con sus acuerdos de seguridad y sus bases, pero eso coexistirá con otros esquemas puesto que las decisiones de la administración Trump han llevado a una situación no deseada y las posteriores respuestas frente a Irán han resultado inútiles o insuficientes.
La búsqueda de nuevas opciones, de mayor autonomía, más diversas y no exclusivas es una realidad. Nadie quiere ni puede esperar sin proponer alternativas.
Los ataques iraníes han demostrado que la disuasión norteamericana no ha funcionado y que los intereses de los aliados son tenidos en cuenta, pero nunca puestos por encima de los propios. No hay que depender de un solo actor.
Desde Washington esa búsqueda de autonomía puede ser vista como algo positivo: los socios comparten la carga, pero a la vez señalan que los actores regionales no son meros sujetospasivos, sino que buscan sus propios caminos.
Para ese esquema nuevo que se está materializando hacen falta recursos y ello augura un incremento de los gastos de defensa en la región y una apuesta por las industrias locales de defensa (con empresas como SAMI en Arabia Saudita o Edge Group en Emiratos Árabes Unidos, al frente de esos esfuerzos) así como transferencias de tecnologías que implican decisiones de gran sensibilidad política e impacto en el equilibrio de poder regional.
Por otra parte, los problemas a los que deben hacer los países de la región son muchos: reducir los niveles de tensión y de competencia entre ellos, determinar líneas rojas claras y acciones concretas de manera coordinada, ir más allá de las buenas intenciones o de las declamaciones.
En definitiva, lograr un equilibrio entre capacidades militares creíbles, instrumentos de poder más allá de lo bélico y credibilidad en el papel de la diplomacia.
La nueva realidad es un hecho: Irán está herido y debilitado, así como dispuesto a utilizar hasta la última gota que poder con la que pueda contar. La militarización del gobierno iraní es un dato innegable.
La disrupción del estrecho de Ormuz, con todo lo que ello significa, es parte del nuevo escenario, no deseado, por cierto, pero que no puede desconocerse.
Los desafíos, como los señalábamos son muchos, pero en lugar de esperar al futuro han decidido construirlo.
Medio Oriente nos demuestra que sin capacidades estatales (militares, económicas), sin niveles de coordinación regional basados en acuerdos que escapen a lo coyuntural sino que sean resultado de estrategias a largo plazo, sin apostar por el desarrollo de burocracias técnicas especializadas o bases industriales y de tecnologías innovadoras y sin niveles de resiliencia social ante importantes disrupciones, no se puede ser un estado que brinde seguridad y posibilidades de desarrollo para sus habitantes, mucho menos aspirar a ser una potencia media, o un actor que colabore activamente en ámbitos de gobernanza global.
Desde Argentina, y aunque nos ubicamos en un contexto distinto, no podemos dejar de intentar entender lo que ocurre en otras regiones y ver que enseñanzas aplicables a nuestro caso podemos identificar.











