En una nueva emisión de Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190) , el abogado, escritor y analista político brasileño Alexandre Gossn analizó las claves territoriales de la victoria de Lula da Silva y el impacto de la manipulación digital en la polarización social.
Durante la entrevista, el especialista reveló cómo las periferias de São Paulo, Río de Janeiro y Belo Horizonte revirtieron el resultado de la primera vuelta, denunció el sesgo algorítmico de las grandes tecnológicas junto al uso electoral de la inteligencia artificial y explicó las raíces económicas detrás del resentimiento que alimenta a las nuevas derechas en Occidente.
Alexandre Gossn es abogado y magíster en Derecho por la Universidad de São Paulo y doctorando en Estudios Contemporáneos en el Instituto de Investigación Interdisciplinar de la Universidad de Coímbra, en Portugal. Se desempeña como analista político, desarrollando una prolífica carrera orientada a las ciencias sociales y también a la literatura.
Alexandre, gracias por poder entrevistarlo a usted ahora aquí. Después del segundo turno, Brasil sorprendió al mundo entero: Lula iba a perder y Lula ganó. ¿Qué fue lo que realmente sucedió el domingo aquí en Brasil?
Primero, es un placer estar aquí con usted. La elección fue sorprendente para todos, lo que termino sucediendo —aunque muchas otras explicaciones aun deben ser encontradas— el candidato, en este caso Flávio, el perdió tracción entre el primer y segundo turno, el creció menos de lo que debería haber crecido y Lula creció mucho más de lo que se esperaba. Pero la explicación en general es que es la sumatoria de cosas. La abstención cayó del primero al segundo turno, algo que nunca había sucedido desde 1988. Segundo, el candidato Lula acabó acumulando, obteniendo votos de los otros candidatos que compusieron, en realidad, candidaturas de derecha, y cuya mayoría apoyó, inclusive, a Flávio. Pero Flávio no pudo obtener esos votos, incluso con la indicación de los candidatos; Lula acabó cosechando una gran cantidad. Y por último, pero no menos importante, Lula le sacó votos a Flávio. Cuando tenés una elección en la que estás disputando votos de otro candidato, y sacás un voto de ese candidato, como Cury o como Caiado, estás sumando un voto. Cuando le sacás un voto a tu adversario, estás sumando dos. Lula probablemente lo consiguió. En resumen, quien realmente definió la elección, al contrario de lo que veo en las redes sociales de las personas hablando, no fue el Nordeste, nada de eso. Lo que definió, lo que hizo cambiar del primero al segundo turno, fue la región periférica del Gran São Paulo, donde Lula tuvo, desde el primero al segundo turno, básicamente 800.000 votos más, lo que ya da casi un quinto de su ventaja; la región periférica del Gran Río de Janeiro, donde había perdido contra Flávio y ganó; y la región del Gran BH, del Gran Belo Horizonte. En estos grandes centros urbanos, Jorge, son personas de clase C y clase D; ellos habían votado a Flávio y hubo un gran cambio hacia Lula.
En su obra Chapados de cloroquina, usted abordó la pérdida de empatía social y cómo operó la manipulación informativa durante la pandemia, ¿no? Y en este ciclo electoral, ¿cómo funcionó el ecosistema de noticias falsas, teorías conspirativas y redes de odio para fidelizar a casi el 48% del electorado que apoyó al espacio conservador?
Creo que de 2018 a 2022 tuvimos un cambio que fue la utilización de WhatsApp. No sé si en Argentina WhatsApp es una aplicación tan utilizada como en Brasil. Creo que en toda América Latina lo es, ¿no? En Europa, por ejemplo, que es una región en la que viví, no se utiliza tanto. De 2022 a 2026, incluso en una entrevista que di acá a Lilian, le comenté que el gran desafío de la elección de 2026 era la IA. Y vimos que la IA fue usada realmente como una herramienta de manipulación, tanto, Jorge, con la utilización de la imagen —al crear imágenes y también editando imágenes— como creando voces. Esa misma IA que ha sido usada para practicar estafas —la estafa del falso abogado y todos los engaños que sufren los ciudadanos— también fue usada en las elecciones. Y no diría que solo los conservadores la usaron; la izquierda también la usó, ¿no? Tal vez no oficialmente desde la cabeza de las campañas, pero fue usada. El gran desafío que tenemos ahora, en mi opinión, para 2030 —y creo que para los comicios también en Argentina, en breve— es buscar una regulación de las redes sociales, principalmente de las grandes Big Techs. ¿Por qué? Además de esta manipulación al menudeo, ¿no?, o sea, de los pequeños videos que difundimos y memes, etcétera, sí existió una manipulación de Meta. O sea, Meta eligió a quién darle alcance y a quién quitarle alcance. Esto es una alteración del juego electoral, del poder público, hecha por intereses privados, ¿no? Entonces, creo que si nosotros teníamos antiguamente a los «chapados de cloroquina», como usted dijo, el futuro de las elecciones será el «chapado de bits e informaciones», ¿no?, informaciones electrónicas. No por casualidad varios países alrededor del mundo están regulando esto. Necesitamos hacer esto; si no, las elecciones comenzarán a ser definidas por CEOs, ¿no?
Ahora, Alexandre, usted contextualizó el fenómeno del Fascismo pandémico como una ideología de odio que se viraliza aprovechando la angustia social. Para leer el resultado electoral en las urnas, ¿por qué el extremismo no desaparece con una derrota en el segundo turno, y cómo se trabaja socialmente para desarticular la radicalización de esa ira continua que, más allá de las elecciones, continúa?
Sin duda. Primero, Jorge, no podemos olvidar que forma parte de esta arquitectura de las redes sociales, que acabaron apoderándose de nuestra vida, este engagement constante. El propio presidente Lula, en el discurso del domingo a la noche, da a entender que entendió esto ahora, que comprendió algo que no había comprendido: el gobierno, para comunicarse, va a necesitar estar en campaña durante los próximos cuatro años. Es así como se hace política hoy en día; no se baja del palco. Ahora, sobre la desarticulación del odio, cuando me preguntan, claro que tenemos las contingencias de cada país, pero estamos observando, por ejemplo, esta expresión en alemán que se usa, que es Zeitgeist. Nuestro Zeitgeist, aunque Lula haya vencido, es un Zeitgeist de la extrema derecha. Observá, por ejemplo, la AfD, Alternative für Deutschland, en Alemania, que está causando un revuelo en las elecciones parlamentarias. Ves el crecimiento de Chega en Portugal. Ahora tendremos elecciones en España y posiblemente Vox se presentará bien. Sabemos que Meta probablemente les dará más alcance también a ellos. En el fondo, este odio es fruto del resentimiento. Pero no son todas las sociedades las que están viviendo esto en el mundo. Si miramos dónde realmente está sucediendo este resentimiento, esta rabia, es básicamente en las sociedades occidentales donde existe una mayor desigualdad social: Estados Unidos, Brasil, Argentina. Estos países realmente están teniendo un gran movimiento de extremismo. Esto pienso que es fruto de la desindustrialización por la que Occidente pasó, donde no tenemos más productos con valor agregado que permitan que exportemos y fabriquemos productos en los que la masa salarial sea mayor. Con la masa salarial menor, evidentemente, tenés mucho resentimiento. ¿Y ese resentimiento es mayor entre quiénes? Ciudadanos blancos, de mediana edad, etcétera, que son la gran tropa de estos movimientos extremistas. Me parece que no tenemos cómo resolver este problema en un corto plazo si no repensamos la economía política que estamos adoptando. Tal vez estemos presenciando los momentos finales de esta onda neoliberal que vivimos en los últimos años. Podés preguntarme: «Pero, Alexandre, ¿hay algún lugar que lo haga diferente?». Sí: China lo hace diferente, Corea del Sur lo hace diferente, Singapur lo hace diferente, Vietnam lo hace diferente. Son países que, incluso con grandes diferencias de regímenes políticos —Corea del Sur es una democracia más liberal; China es un régimen comunista y probablemente más autoritario—, económicamente no han adoptado el Consenso de Washington. El Consenso de Washington, que es el de recortar totalmente los gastos públicos y disminuir el tamaño del Estado, es un modelo que no funcionó. Los países que lo siguieron —Argentina, Brasil, Colombia, Rusia—, estos países no están bien en este momento.
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Y finalmente, Alexandre, ¿de qué manera la gestión de Lula podría reconstruir consensos sociales mínimos cuando la mitad del país percibe los avances progresistas como una amenaza cultural y hasta moral?
Esa es la pregunta de oro, Jorge, muy difícil de responder. Usted lo planteó muy bien: una de las grandes cuestiones de la democracia es ese consenso mínimo. Hace años, cuando The Washington Post no era un periódico que también pertenecía a los multimillonarios, publicaron —creo que en 2014 o 2015— «La era de la falta de consenso», un artículo, un editorial muy especial, muy bueno sobre eso. Ese consenso mínimo va a ser cada vez más difícil si permitimos que el conocimiento sea fracturado en estas burbujas, en todas las burbujas que estamos viendo. Sin embargo, si tenemos algún tipo de regulación que nos permita separar lo que es efectivamente opinión de lo que es hecho, avanzamos de alguna manera. Me parece que la pandemia nos marcó eso, porque en la pandemia hubo una tendencia de no permitir la proliferación libre, sin ningún tipo de punición, de información falsa en relación con los tratamientos. Entonces, por ejemplo, en Google, en YouTube, se marcaba cuando usted mentía o afirmaba algo que no correspondía. Claro que es muy difícil hacer esto en la práctica —lo que estoy hablando es mucho más fácil en la teoría—, pero necesitamos establecer algunos límites. Y para establecer estos límites, la izquierda necesita extenderle la mano a la derecha democrática; esta derecha democrática no puede ser desidentificada y tratada al punto de ser fagocitada por esta extrema derecha, donde usted normaliza el absurdo, normaliza la cloroquina —como usted dijo bromeando—, normaliza la Tierra plana… No sé cómo es en Argentina.
Igual.
Igual. En Brasil se estima que tenemos alrededor de seis millones de personas que creen que la Tierra es plana. Es mucha gente para un país de doscientos y pocos millones de personas, ¿no? Entonces, necesita haber algún tipo de establecimiento de consenso. Y esto no puede venir solo de un lado; la izquierda también necesita extender la mano y necesita a la derecha. Y han proliferado en internet videos —ustedes deben haber recibido algunos—, por ejemplo, de los debates electorales que teníamos 15 o 20 años atrás entre la izquierda y la derecha, de cómo existía otro nivel y muchos puntos en común, ¿no? No íbamos a discutir si la Tierra tiene un formato esférico, si las vacunas funcionan o si los derechos humanos deben ser mantenidos o no. Entonces, me parece que este consenso mínimo para el ejercicio de la democracia va a pasar por reglamentar la forma de consumo de información, ¿no? El historiador israelí Yuval Harari —no concuerdo con todo lo que dice, pero ha sido muy asertivo— dice que necesitamos, de la misma forma que una persona con colesterol alto necesita una dieta, una dieta de información. Estamos en un mundo infodémico que tiene exceso de información, ¿no?, exceso de ruido.
Alexandre Gossn, muchísimas gracias, muito obrigado, muy gentil por estar aquí con nosotros un día como hoy.
Yo le agradezco, Jorge, fue un placer. Y gracias por la excelente traducción.
LP


















